Todavía sigo leyendo en mis clases algunas obras de nuestro canon literario, pero no por una cuestión de resistencia contra la estupidez pedagógica que ha acabado con la enseñanza española, sino por pura cabezonería de viejo cascarrabias. Como sé que la batalla hace tiempo está perdida, lo que era una actitud combativa a favor de los clásicos durante mis primeros años en la trinchera, hoy se me ha convertido en unas nada heroicas ganas de llevar la contraria. O sea, que lo mío es algo más personal que altruista.

Sin embargo, he de confesar que mi obcecación no habría durado tanto si de vez en cuando no hubiera tenido experiencias gratas con ese tipo de lecturas. Porque, en verdad, en verdad os digo que yo he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto atacar naves en llamas más allá de Orión, abrirse algunos ojos ante el descubrimiento de lo que significa esa “tercera vida” de la que habla Manrique en sus Coplas, y expandirse un extraño silencio segundos después de haber concluido la lectura del parlamento de Nemoroso; he visto cómo dos estudiantes, después de clase, seguían discutiendo sobre la defensa que Areúsa hace de las mujeres que no son criadas de nadie, y cómo alguien esbozaba una sonrisa cuando Sancho se lo hace encima en la heroica noche de los batanes. He visto todo eso, y lo sigo viendo ahora, cuando me acuerdo de que todavía este trabajo tiene algún sentido.

Así que se equivoca quien piense que un niño de primero de la ESO no está preparado para leer el Enxiemplo XI de El Conde Lucanor, o que en tercero un adolescente es incapaz de entender el Lazarillo. Lo que ocurre es que, para que los clásicos funcionen, deben ser leídos íntegramente en clase, y además muy despacio, derribando la resistencia que pueda ofrecer el español de aquellas épocas, desvelando el sentido oculto del juego conceptista y, siempre que sea posible, vinculando lo que decía el autor hace quinientos años con el siglo XXI. Hay que dedicarles tiempo, saltarse a la torera los currículos de la asignatura y, sobre todo, hacer oídos sordos a la idea, asumida por muchos profesores, de que la lectura no debe salir nunca del marco de referencia adolescente ni, por supuesto, costar excesivo trabajo.

Es decir, para que calen nuestros clásicos hay que dejar de considerar a los alumnos unos retasados mentales.

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