Aún somos almas encerradas en la cárcel del cuerpo. Aún caemos en él cuando nacemos y lo consideramos un obstáculo para la verdad y la virtud. Seguimos creyendo que el cuerpo, con sus sentidos limitados y sus bajas pasiones, sume a la persona en la infelicidad y la ignorancia.

Al contrario de lo que se piensa, este antiguo dualismo está más presente que nunca, y no solo como una cuestión filosófica, sino como algo que influye en nuestra percepción del mundo actual. Un ejemplo: pensamos que vivimos en una época de decadencia moral porque el culto al cuerpo se ha convertido en una condición necesaria para la realización de uno mismo, pero lo cierto es que la sensación de declive proviene del hecho de que todavía asumimos que hay un alma, y que esta continúa siendo superior.

Todo parece distinto, pero no lo es. La identidad auténtica, ese yo que pugna por ser el centro del universo, es el nuevo rostro del alma. Está en la publicidad que asegura que somos únicos y especiales, en los innumerables relatos de superación personal o en los discursos de autoayuda, donde cualquier palabra empieza con el prefijo «auto». Pero también en el estupor de la joven anoréxica que observa su cuerpo cada día como si no fuera suyo, o en el extrañamiento de la persona transgénero que siente que ha nacido en un cuerpo equivocado. El yo es la nueva alma ensimismada de un individuo que flota a la deriva, convencido de que nada existe fuera de él. Sin el yo, última explicación de todo, el mundo deja de tener sentido.

En esta revitalización de la vieja causa del dualismo metafísico reside el gran tema de nuestro tiempo. Lo material es una imposición social que nubla nuestro entendimiento; solo quienes encuentran su verdadero yo logran salir de la caverna. Por eso, los concienciados se llaman a sí mismos wokes, personas que «despiertan» del engaño de los sentidos para conocer la auténtica realidad de la injusticia, velada por este mundo de constructos sociales y apariencias.

En el siglo en que la ciencia hará que la tecnología supere todos nuestros sueños más descabellados, la sociedad se aferra cada vez más al credo esencialista de toda la vida. La ironía resulta inquietante y augura una época de idioteces y superstición, en la que lo pasarán muy mal aquellos que cometan la insensatez de seguir siendo sensatos.

Imagen: Nube. Chema Madoz.

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