Dentro de quinientos años se seguirá leyendo el Romancero gitano, pero casi todos habrán olvidado Poeta en Nueva York. Para un estudiante del siglo XXVI, el primero continuará siendo más accesible que el segundo. La rotundidad de mi aseveración se basa en que esto ya ocurre hoy. El Romance sonámbulo, pese a la dificultad de sus imágenes, llega a más alumnos que Vuelta de paseo. Solo lo que se entiende puede gustar. Es una de las leyes de la lectura. Sin embargo, lo mayoritario en poesía suele provocar desconfianza. La pulsión elitista de saberse una «inmensa minoría» aún pesa en la valoración de la obra. 

Cuesta sacudirse el escrúpulo orteguiano de que todo aquello que goza del favor del público es mala poesía. Costó entonces, cuando el Romancero gitano fue considerado por Dalí una traición al surrealismo y una concesión al vulgo («no pierdas tu talento con pintoresquismos», aconsejó a Lorca). Y cuesta ahora, cuando muchos reprueban la calidad de obras de poetas que cuentan con miles de seguidores en las redes. El desprecio que muestran, independientemente de que no les falte razón al mostrarlo, es una nueva versión de aquella controversia. Del mismo modo que el Romancero fue criticado por su alejamiento de la exclusividad de la vanguardia, de los llamados instapoetas molesta que sean superventas.

En la narrativa y en el teatro, el favor del público puede ser una prueba más de la calidad de una obra. Pero en la poesía no. Vender poesía significa mancillar algo sagrado. Y eso a pesar de que muchos de los «poetas serios» no cesan de promocionar sus libros. Semejante hipocresía parte del prejuicio romántico de la subjetividad, que, a principios del siglo XX, da como resultado el prejuicio aún mayor de la ininteligibilidad como signo de distinción.

Los que piensan que la buena poesía no puede ser mayoritaria, y que, por tanto, la gente solo puede aspirar a productos mediocres, olvidan que en España los mejores poemas se han escrito cuando ha ocurrido justo lo contrario. Cuando el poeta eleva el gusto del común vinculándolo con respeto a su propia obra. Lo consiguen los clásicos del Siglo de Oro al incorporar  lo popular a lo culto, y sus epígonos de la Edad de Plata, entre ellos Federico, al adaptar las vanguardias a lo tradicional.

El fenómeno de la poesía viral está esperando a que alguien se atreva a hacer algo parecido.

2 comentarios en “Instapoetas

  1. No sé si la premisa es totalmente Justa con los críticos de este tipo de poesía. Yo he leído protestas acerca de su calidad dudosa, más que vindicaciones trasnochadas de torres marfileñas. No sé…

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  2. La culpa de que este tipo de poesía sea supuestamente tan mala suele recaer en los lectores, que son los que la compran, la leen y, por tanto, la convierten en tendencia. Por eso digo que, tras esa crítica, asoma el prejuicio de «la inmensa mayoría», que corrompe y profana todo cuanto de puro y de sagrado tiene el arte de Erato y de Calíope (nótese la ironía).

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