Antes de empezar, sé lo que va a ocurrir. La mayoría atenderá desde la primera sílaba que salga de mis labios, y, dos segundos después, los tendré a todos, incluido el que nunca escucha, completamente en silencio. Los años me han enseñado a modular la voz, a dar la intensidad justa a cada acento, a cada rima. Sé cuándo debo detenerme. Sé, por ejemplo, cómo no caer en el abismo de uno de los encabalgamientos más peligrosos de la literatura. Leo Lo fatal, el soneto de Rubén Darío, pero podría estar leyendo otro poema; los oyentes son estudiantes de segundo de ESO, pero lo mismo daría si fueran de primaria o de bachillerato. Si me esfuerzo, el efecto sería el mismo. Muchos no entenderían nada, como ahora. Algunos se extrañarían levemente (siempre reaccionan igual) con ese «ser» del cuarto verso («pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»). Y otros, los menos, descubrirían algo que no esperaban y que, sin saber de qué se trata, se quedará con ellos de por vida.
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