Me paso la vida pensando en el futuro. Y no me extraña que sea así. Soy un hijo de esta época, y supongo que resulta inevitable que los hijos de esta época pensemos en el futuro. Que creamos que es nuestro deber ganárnoslo, o que nos justifiquemos aduciendo que esperarlo con inquietud o ilusión pertenece a nuestra naturaleza. Supongo que es razonable que haya crecido enfocando mi vida hacia un horizonte donde, tarde o temprano, habría de dibujarse, tratando de ser pertinaz si no quería tirarlo por la borda. Qué tiene el futuro para que atraiga tantos esfuerzos. Para que encumbre al político que lo blande en sus sofismas. Para que cautive al científico que busca cambiarlo. Cómo puede ser tan poderoso algo que no se ha dado todavía y que, cuando intuimos su cercanía, ya se ha volatilizado.
Seguir leyendo