Aunque de esta imagen se ha escrito mucho, no por ello deja de fascinarme. Me parece misteriosa, pero al mismo tiempo reveladora. Misteriosa porque esa vitalidad que muestra contradice el contexto de muerte de la guerra civil. Reveladora porque es como una definición de la condición humana. Walter Reuter hace la foto en la playa de la Malvarrosa, en el verano de 1937. Todos (de izquierda a derecha: Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón) participan en los ensayos de Mariana Pineda, que se representará en conmemoración del primer aniversario del asesinato de Federico. Son jóvenes, son fuertes, son bellos. Los aviones italianos ya han dejado caer unos cuantos obuses sobre Valencia. Posiblemente, Cortezo haya sido llevado a la checa de Germanías por su indisimulada homosexualidad. Y sin embargo, ahí están, corriendo (hacia dónde) y riendo con toda la energía de que es capaz la existencia.
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Gaudeamus igitur
No hay idea más embaucadora que la de la felicidad. Caemos en su trampa cuando asumimos que el único motor de la existencia es el deseo, y que dejarse llevar por este asegura, si no el éxito, sí salir de la mediocridad en la que el hombre corriente se marchita día a día. Pero el hombre corriente (es decir, todos nosotros) es un ser imperfecto que está sometido a esa gigantesca imperfección que es la vida. La vida no es algo que se acabe mientras vivimos, sino que siempre está en marcha. Y la felicidad nos promete una cosa distinta: una cima, una conclusión a partir de la cual nada cambiará y nada avanzará. Implicarse anímicamente en el horizonte de la felicidad supone aceptar que puede haber un momento en que el proceso vital se detenga, el oxímoron de alcanzar una suerte de inmortalidad en tanto seguimos viviendo.
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