No hay idea más embaucadora que la de la felicidad. Caemos en su trampa cuando asumimos que el único motor de la existencia es el deseo, y que dejarse llevar por este asegura, si no el éxito, sí salir de la mediocridad en la que el hombre corriente se marchita día a día. Pero el hombre corriente (es decir, todos nosotros) es un ser imperfecto que está sometido a esa gigantesca imperfección que es la vida. La vida no es algo que se acabe mientras vivimos, sino que siempre está en marcha. Y la felicidad nos promete una cosa distinta: una cima, una conclusión a partir de la cual nada cambiará y nada avanzará. Implicarse anímicamente en el horizonte de la felicidad supone aceptar que puede haber un momento en que el proceso vital se detenga, el oxímoron de alcanzar una suerte de inmortalidad en tanto seguimos viviendo.
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Ser joven
Si tu hijo te dice que su vida es una mierda, no intentes convencerlo de lo contrario; cuanto más lo hagas, más fácil le resultará seguir compadeciéndose de sí mismo. Limítate a actuar indirectamente, como de soslayo. Es decir: asume con despreocupación que su vida es una mierda si quieres que algún día deje de pensar que lo es. Su lamentación no constituye una idea, sino el colofón que convierte la tristeza de ser joven en un hábito. No te preocupes, deja que hable. Estar triste le permitirá encontrar esos momentos de plenitud que únicamente le regalará la madurez.
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