A veces tengo miedo de lo que estoy leyendo, sobre todo cuando del libro escapa una sombra que se proyecta por sorpresa, una sospecha sin constatación posible. No sé cómo ocurre, pero de pronto creo que se desmorona el orden de las cosas y me parece atisbar algo que se asemeja a una de esas verdades que han estado evitándose. Y descubro entonces que, pese a que aparece de diferentes formas, siempre se trata de la misma sensación: una abrumadora conciencia de silencio, una certeza asfixiante de que la vida carece de lecciones morales, de que somos demasiado pequeños como para que nuestros asuntos importen a Dios. Últimamente esto me está pasando con la Ilíada, obra a la que he vuelto después de muchos años.
Seguir leyendo