Niños de los ochenta

Haber sido niño en los ochenta es una de esas escasas anomalías generacionales que se dan en la historia. Los de aquella época vivieron en un interludio donde un universo empezaba a derrumbarse y otro aún no se había conectado a la red. Fue un raro instante de transición que, como todos los de su naturaleza, les permitió, por una parte, mantener el contacto con una manera de crecer que apenas había variado en más de un siglo, y, por otra, ser como los sabios del poema de Kavafis, que, de los hechos futuros, sólo «captan / los que se aproximan». Los niños de los ochenta conocieron la autoridad familiar aunque las normas ya se habían relajado, evitaron el yugo de la imagen a pesar de que había presagios de su llegada, y tuvieron momentos en los que escaparon de la supervisión de los adultos aun cuando estos habían empezado a hacerlos partícipes de sus inseguridades como padres. 

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