Ocho sílabas

Siempre me ha gustado pensar que el idioma español respira en octosílabos. La prosopopeya no es mía, sino de Tomás Navarro Tomás. Según él, el grupo fónico medio del español (la parte de discurso que un hablante pronuncia de corrido entre dos pausas respiratorias) está compuesto por ocho sílabas, la cantidad de aire que los pulmones expulsan en condiciones normales antes de que se necesite inspirar de nuevo. El verso por excelencia de nuestra literatura respondería así a una necesidad fisiológica que lo convertiría en algo que supera los límites de lo literario.

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A lo caballero

Estos versos: «Menos solicitó veloz saeta / destinada señal, que mordió aguda; / agonal carro por la arena muda / no coronó con más silencio meta, / que presurosa corre, que secreta, / a su fin nuestra edad». ¿Quién sería capaz hoy de escribirlos? ¿Quién de construir una secuencia gramatical como esa? ¿Quién podría entenderlos? Sí, se trata de Góngora el hermético, el oscuro, el vate «nocturnal» que fue olvidado tras el pomposo rompimiento de gloria dieciochesco. El poeta que, pese a las vindicaciones un tanto fingidas de la generación del 27, nunca consiguió salir de la caja entomológica de la academia. Pero también es el escritor que más discípulos crea durante el Barroco, el más imitado en vida (incluso para ser denostado), el que más influye en el estilo literario de amigos y de enemigos.

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