Aún somos almas encerradas en la cárcel del cuerpo. De alguna manera, aún seguimos creyendo que caemos en él cuando nacemos, y lo consideramos un obstáculo para la verdad y la virtud. Conservamos la vaga intuición de que el cuerpo, con sus sentidos y sus pasiones, sume a la persona en la infelicidad y la ignorancia. Pese a lo que pueda parecer, este antiguo dualismo está más presente que nunca, y no sólo como una cuestión filosófica, sino como algo que hoy influye en nuestra percepción del mundo. Un ejemplo: pensamos que vivimos en una época de decadencia moral porque el culto al cuerpo se ha convertido en una condición necesaria para la realización de uno mismo, pero lo cierto es que la sensación de declive proviene de que todavía asumimos que hay algo dentro de nosotros que continúa siendo superior.
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El imperio de los espejos
La contemplación de nosotros mismos es un acontecimiento tardío que sucede en la Venecia renacentista. Hasta ese momento, nos habíamos mirado en la ligera ondulación de las aguas o en los metales pulidos que reflejaban una figura emborronada y ambigua. Los cristales azogados de los maestros venecianos nos devuelven por primera vez en la historia una imagen nítida de quienes somos. De pronto, el yo, que nunca ha superado los límites de lo psicológico, empieza a desbordarse en el cristal y sale al mundo para subjetivar todo cuanto toca. Desde entonces, la idea de que las cosas no existen si no estamos allí para percibirlas irá calando en la modernidad recién inaugurada.
Seguir leyendoAgentes del orden
Últimamente tenemos mala prensa los ordenados. Desde hace más de dos siglos, para ser más precisos. Hay que reconocer que el Romanticismo hizo un buen trabajo con la humanidad. Tanto que consiguió infiltrarse hasta en lo más recóndito del imaginario de la gente. El mito del espíritu atormentado que se enfrenta a la incomprensión de la masa llegó incluso al ámbito doméstico. No es de extrañar que ahora, en la época de ese epígono del héroe romántico que es el individuo narcisista, las personas ordenadas aparezcamos como las representantes de una suerte de tiranía llamada a uniformar las conciencias de los caóticos. A sacarlos de su singularidad irrepetible. A impedirles desarrollarse en libertad.
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