Instapoetas

Dentro de quinientos años se seguirá leyendo el Romancero gitano, pero casi todos habrán olvidado Poeta en Nueva York. Para un estudiante del siglo XXVI, el primero continuará siendo más accesible que el segundo. La rotundidad de mi aseveración se basa en que esto ya ocurre hoy. El Romance sonámbulo, pese a la dificultad de sus imágenes, llega a más alumnos que Vuelta de paseo. Solo lo que se entiende puede gustar. Es una de las leyes de la lectura. Sin embargo, lo mayoritario en poesía suele provocar desconfianza. La pulsión elitista de saberse una «inmensa minoría» aún pesa en la valoración de la obra. 

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El camino de las tres negaciones

Cernuda dejó escritos once libros de poemas, Salinas ocho y Machado, entre ediciones y reediciones, cuatro. Yo, en apenas doce años, llevo publicados seis. No pretendo presumir; únicamente me limito a constatar un hecho: a este ritmo de publicación, llegaré a los ochenta años con un lustroso currículum de más de veinte libros. Lo que me lleva a suponer, no solo que antes se escribía muy despacio (y quizá, por ese motivo, mejor), sino que ahora se publica muchísimo más rápido. Y, sobre todo, que cualquiera (yo, por ejemplo) puede hacerlo sin problemas.

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Las mejores novelas del siglo XX

Peter Greenaway dijo una vez que el cine no se había inventado todavía porque nadie había podido desvincularlo de la literatura. Lo dijo en 1991, cuando presentaba Prospero’s book, una versión (ironías de la vida) de La tempestad de Shakespeare. Muchos consideraron que aquellas declaraciones eran una muestra de la extravagancia que lo caracterizaba, pero el director inglés solo había incurrido en una sola rareza: ver en esa vinculación una servidumbre de lo cinematográfico, cuando, en realidad, el cine y la literatura siempre han sido la misma cosa. De hecho, el alma del cine es literaria, y más concretamente narrativa. Rodar una película o escribir una novela son dos maneras distintas de contar una historia. Por eso, en el siglo de lo audiovisual, la evolución natural de la novela no ha podido ser otra que el cine.

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Contra el Romanticismo

Los españoles nunca hemos sido románticos. Los herederos de Trento, escépticos y materialistas, estamos incapacitados para comprender ese culto a lo inexplicable. Ese afán por alcanzar la genialidad sin pasar por el sacrificio. Ese fetichismo autodestructivo. Y, sin embargo, llevamos más de dos siglos fingiendo que todo lo dicho tiene algo que ver con nosotros. Y andamos perdidos por la historia, confundiendo todavía lo que creemos ser con lo que en realidad somos. Ahí reside precisamente la causa de que los mejores escritores de nuestro Romanticismo no sean románticos en realidad. Rosalía y Bécquer están por encima de cualquier ideología literaria. Y el final del Tenorio es lo más antirromántico del mundo.

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Ciudades iluminadas

Hasta el siglo XIX, el hombre vivió solo de día. Anteriormente, rara vez se había atrevido a adentrarse más allá del crepúsculo. La noche era un vasto y misterioso territorio donde acechaban alimañas y enemigos emboscados. Es Frederick Albert Winsor quien acaba con ella al iluminar con gas Pall Mall en 1805. El alumbrado público consigue que el día alcance por fin sus veinticuatro horas de edad y que los miedos atávicos se llenen de colores nunca vistos. A partir de ese momento, lo desconocido abandonará las tinieblas de lo sobrenatural y se apropiará del difuminado impresionista de las farolas eléctricas y las lámparas belle epoque

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Nacionalismos ecuménicos

Una de las grandes paradojas de los nacionalismos es que su existencia depende de la coartada histórica. Es una paradoja porque semejante necesidad contiene, al mismo tiempo, la semilla de su destrucción y de su fortaleza. Por un lado, los enfrenta a la cruda realidad de la carencia que los amenaza: los nacionalismos tienen mitos en vez de historia. Aunque, por otro, les confiere la osadía suficiente como para convertir el mito en historia. Es eso precisamente lo que ocurre cuando a los Studia Humanitatis del Renacimiento les suceden los estudios filológicos del Romanticismo. Frente a la universalidad de lo clásico, la territorialidad de lo vernáculo. Frente al orbe, el paisaje. Frente al latín, la lengua del pueblo. Vivimos aún inmersos en esa lucha; la muerte de las humanidades es su último capítulo.

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Modernidad

El gran hallazgo de la civilización hispánica se llama modernidad, aunque, para entenderla como nuestros antepasados la concibieron, hay que despojarse de algunos prejuicios y aceptar que no significa progreso. Al menos en literatura. Es cierto que la literatura se hace moderna cuando la realidad se infiltra en los libros y la frontera entre esta y la ficción se desdibuja. Sin embargo, las obras se llenan de criados, pícaros y locos, más que por agotamiento del idealismo, porque la realidad deja de ser literaria. La Celestina aparece cuando se ha acabado la reconquista y la épica ya ha envainado la espada. No hay en ella hechos valerosos, sino acciones que tienen el único objetivo de la supervivencia. No hay enfermos de amor, sino interés. No hay enseñanza moral: hay vida. Pero todo cuanto nosotros, lectores del futuro, consideramos moderno, para aquellos escritores es un desastre. Por eso, el discurso sobre la libertad de la mujer está puesto en la boca de la puta Areúsa, y el del hombre hecho a sí mismo en la fingida autobiografía de un parásito social.

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Curso 92-93

Quien vea la memoria como un largo y tortuoso camino que llega hasta el presente me entenderá cuando digo que toda vida tiene varias (en realidad pocas) paradas donde adquirimos las partes de algo que, finalmente, será la imagen que tenemos de nosotros mismos. En mi caso, si hay un momento determinante, ese es el curso 92-93, año en que estudié COU y coincidí con los amigos que me hicieron amar la literatura.

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Un género menor

Los novelistas no saben que la novela es hoy un género menor. Incluso parece que han olvidado que, en más de cuarenta siglos de historia literaria, la novela únicamente ha sido importante en los últimos doscientos años. Tiene su momento de esplendor durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, cuando se convierte en un producto creado a la medida de la burguesía, que, por entonces, goza del suficiente tiempo libre como para leer tochos de novecientas páginas. Es cierto que la novela moderna nace con el Quijote, pero el género no se entiende sin las aportaciones posteriores del realismo y del naturalismo. Al burgués de esas épocas (y de todas) no solo le gusta que le hablen de lo que conoce, sino que lo hagan estimulando su sentimiento de culpa. Y la novela, desde entonces, ha sido el cilicio más adecuado para que las conciencias burguesas se flagelen entre sí.

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Breve historia del aburrimiento

Cuenta Balzac que de pequeño le horrorizaba aburrirse porque no podía concebir peor tortura que no tener nada que hacer. A veces se aburría tanto que lloraba desesperadamente. Con los años, asegura, el aburrimiento ya no era tan habitual ni tan intenso, pero de vez en cuando regresaba en la forma de una tristeza suave e inspiradora. Antes de Balzac, el aburrimiento de los adultos se había confundido con la melancolía, un estado de ánimo que se consideraba propio de artistas y poetas porque producía un extraño sentimiento de nostalgia de épocas remotas que jamás se habían vivido. De ese recordar un pasado que ya no pertenecía a nadie nació el Renacimiento, que hizo de la tristeza algo elevado y noble.

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