Noche estrellada sobre el Ródano

La sala está llena de personas. Muchas más que en las adyacentes, aunque en esas también haya cuadros de Van Gogh. No sé si la propia memoria ha exagerado la anécdota, pero yo la recuerdo así: al entrar, busco con la mirada la Noche estrellada sobre el Ródano, y, cuando la encuentro, de pronto me doy cuenta de que la gente que abarrota la sala se dirige hacia mí. Aún tardo unos segundos en entender lo que ocurre. Todos dan la espalda al cuadro, pero no me miran. Miran las pantallas de sus móviles. Posan. Sonríen. Resulta obvio que se están haciendo un selfi. 

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