Hablar de uno mismo es un arte. No todos pueden hacerlo, y muy pocos pueden hacerlo bien. A la capacidad de introspección que se requiere hay que añadir cierta proclividad de carácter hacia la vanidad, que, por supuesto, ha de ser siempre discreta. Un recurso utilizado a lo largo de la historia ha sido el de la confesión. San Agustín escribe las suyas, además de para la consabida alabanza de Dios, para la búsqueda de esa verdad que también anida en el interior de los lectores. En el décimo libro de su obra leemos: «Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los muchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas, y olvidaron mirarse a sí mismos».
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