Siempre está amaneciendo y huele a mar

En ocasiones, sin que lo sospechemos, el mundo entra en la literatura a través de la lectura para ponerle un decorado. Los primeros en percatarse fueron los románticos del Grand Tour. Goethe lee a los clásicos en su viaje por Italia y siente que los textos, que en la neblinosa Weimar eran espíritu y pensamiento, «se convierten en objeto, en cuerpo» entre las ruinas de Roma. No se puede describir mejor esta influencia: en el momento en que el exterior se infiltra en la lectura, esta se cosifica, adquiere una forma y un volumen casi tangibles. 

Seguir leyendo