Noche estrellada sobre el Ródano

La sala está llena de personas. Muchas más que en las adyacentes, aunque en esas también haya cuadros de Van Gogh. No sé si la propia memoria ha exagerado la anécdota, pero yo la recuerdo así: al entrar, busco con la mirada la Noche estrellada sobre el Ródano, y, cuando la encuentro, de pronto me doy cuenta de que la gente que abarrota la sala se dirige hacia mí. Aún tardo unos segundos en entender lo que ocurre. Todos dan la espalda al cuadro, pero no me miran. Miran las pantallas de sus móviles. Posan. Sonríen. Resulta obvio que se están haciendo un selfi. 

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La frase de Jean Améry resuena insistentemente en mi cabeza estos días: «El acto de matarse a sí mismo es el triunfo definitivo sobre la naturaleza empírica». En la tesis subyacente no existe ni un ápice de ironía. No es Kiríllov exponiendo patéticamente una idea («me mataré para afirmar mi insubordinación y mi nueva y terrible libertad») que su creador, Dostoyevski, por supuesto no comparte. En esa frase intuyo todo lo contrario: entusiasmo, pero un entusiasmo que en nuestra época está normalizado. El escritor austríaco ratifica el concepto, asumido hoy, de libertad individual. Libertad cuya máxima demostración sería el suicidio. Suicidio que, cuando fuera asistido por el estado, alcanzaría la categoría de derecho universal.

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