Haber sido niño en los ochenta es una de esas escasas anomalías generacionales que se dan en la historia. Los de aquella época vivieron en un interludio donde un universo empezaba a derrumbarse y otro aún no se había conectado a la red. Fue un raro instante de transición que, como todos los de su naturaleza, les permitió, por una parte, mantener el contacto con una manera de crecer que apenas había variado en más de un siglo, y, por otra, ser como los sabios del poema de Kavafis, que, de los hechos futuros, sólo «captan / los que se aproximan». Los niños de los ochenta conocieron la autoridad familiar aunque las normas ya se habían relajado, evitaron el yugo de la imagen a pesar de que había presagios de su llegada, y tuvieron momentos en los que escaparon de la supervisión de los adultos aun cuando estos habían empezado a hacerlos partícipes de sus inseguridades como padres. 

Sin embargo, que los años ochenta estuviesen entre dos épocas no significa que fueran neutrales. Una tierra de nadie generacional no siempre lo es. Sus niños, que sólo podían reconocer el viejo mundo que se desvanecía a un lado de la frontera, habitaban sin saberlo el que amanecía al otro lado. Ignoraban que todo había cambiado ya, que la figura paterna había sido cuestionada, que la pedagogía borraba los límites tradicionales y, sobre todo, que los ritos de paso habían desaparecido. Los niños de los ochenta fueron los primeros en someterse a esta gigantesca privación. Los primeros que no experimentaron la muerte de la infancia y el renacimiento en la madurez. Los primeros a los que se les negó el conocimiento de lo que Francesco Cataluccio llama «lección de las sombras» (aceptar la finitud, conocer la frustración, enfrentarse a los miedos). Los primeros que, ante la ausencia de acontecimientos que propiciaran la adquisición de responsabilidades, crearon sucedáneos de iniciación (alcohol, drogas, vandalismo) que hicieron aún más eterno al niño eterno.

Los niños de los ochenta acusan ahora a sus hijos de ser los mismos que ellos fueron. Ridiculizan sus ritos de paso (graduaciones, fiestas de los quince años) por no ser lo suficientemente «plenos», cuando en realidad los de los ochenta estaban igual de vacíos. A aquellos niños habría que plantearles la misma pregunta que Gombrowicz hacía a los lectores de su Ferdydurke: «¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción?».

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