He descubierto la música de los noventa con treinta años de retraso. Llevo un tiempo escuchando insistentemente Loveless en mis auriculares, y me pregunto dónde estaba yo metido en aquella época para haber ignorado esta obra maestra de My Bloody Valentine. No es la primera vez. Me ha pasado con Paul Auster, por ejemplo; leí Leviatán hace un año y me hice la misma pregunta. Se supone que cada generación tiene una geografía común, un talismán que convierte en cómplices a sus miembros, momentos del pasado donde todos han coincidido puntualmente. Pero existe una minoría de personas que siempre llega tarde.

Más que un problema de perspicacia es una cuestión de perspectiva: los que llegamos tarde no somos conscientes de donde estamos hasta que dejamos de estar. Para nosotros, nuestra época es como un cuadro impresionista que cobra sentido cuando nos alejamos de él. Sólo conocemos a través del recuerdo porque, a diferencia de nuestros contemporáneos, nos cuesta mucho entender algo tan caótico y fuera de control como el presente. Vivir en diferido es nuestra manera de ver el mundo. 

Los rezagados tenemos una gran ventaja y un gran inconveniente. La gran ventaja es que, como experimentamos más tarde los instantes, podemos disfrutarlos con la sabiduría que otorga la madurez. El gran inconveniente es que eso jamás nos ha servido de nada. Para no desentonar con el entorno, los rezagados diremos que también vimos esa película o escuchamos aquella canción que a todos les cambió la vida. La memoria de los rezagados está tan llena de espacios en blanco que muchos descubren que han vivido con retraso cuando se percatan de que han debido inventárselo.

Hay un concepto, el de «inactual», que creo que es la clave. Se lo inventa Nietzsche y aparece en el prefacio de sus Consideraciones intempestivas: «Pues no sé qué sentido tendría la filología clásica en nuestro tiempo si no fuera la de actuar en él de forma inactual, es decir, actuando contra el tiempo, y de esta manera sobre el tiempo, en favor, esperémoslo, de un tiempo venidero». Los que llegamos tarde somos, por naturaleza, inactuales, aunque en un sentido que Nietzsche aborrecería. Resistimos en un presente que no nos pertenece, que aprovechamos para restablecer lo que nos perdimos cuando tocaba vivirlo, y en el que, por ello, siempre nos sentimos forasteros.

Existimos contra el tiempo, pero no en favor del porvenir, sino del pasado.

Deja un comentario