Me paso la vida pensando en el futuro. Y no me extraña que sea así. Soy un hijo de esta época, y supongo que resulta inevitable que los hijos de esta época pensemos en el futuro. Que creamos que es nuestro deber ganárnoslo, o que nos justifiquemos aduciendo que esperarlo con inquietud o ilusión pertenece a nuestra naturaleza. Supongo que es razonable que haya crecido enfocando mi vida hacia un horizonte donde, tarde o temprano, habría de dibujarse, tratando de ser pertinaz si no quería tirarlo por la borda. Qué tiene el futuro para que atraiga tantos esfuerzos. Para que encumbre al político que lo blande en sus sofismas. Para que cautive al científico que busca cambiarlo. Cómo puede ser tan poderoso algo que no se ha dado todavía y que, cuando intuimos su cercanía, ya se ha volatilizado.

Si hubiera nacido en otro tiempo, no pensaría tanto en el futuro, y, cuando lo hiciera, no me sentiría demasiado bien. En el tiempo de los estoicos, lo consideraría una debilidad y me lo recriminaría cada vez que cayese en ella. En el de Séneca, tendría la sensación de que me engañaba a mí mismo, porque sería habitual juzgar que «el mayor estorbo del vivir es la expectativa que depende del mañana y pierde lo de hoy». De haber sido contemporáneo de nuestros clásicos, me daría vergüenza decir en voz alta que voy tras un espejismo. Manrique me animaría a dar «lo no venido por pasado», y Gracián («gran falsificadora de la verdad») o Sor Juana Inés («Verde embeleso de la vida humana») me habrían puesto en guardia contra su arma más peligrosa: la esperanza.

Siempre tuvo el futuro mala fama. Hasta el Romanticismo. El Romanticismo lo tomó como enseña y le otorgó la rara, pero exitosa, coartada metafísica del Sehnsucht (la enfermedad del deseo). De pronto, y sin saber muy bien por qué, anhelar infinitamente lo inalcanzable empezó a estar bien visto, y también convertir el ahora en algo insuficiente, y hacer de la insatisfacción constante un objetivo. Y, desde entonces, el futuro constituye la normalidad social que todos conocemos, y, sobre todo, nos educa para que sintamos la obligación moral de tener un sueño y trabajar sin descanso por alcanzarlo. 

Y nosotros, hijos de nuestra época y tataranietos de los románticos, nos pasamos la vida pensando en él sin sospechar que en otro tiempo habríamos sido considerados unos necios.

Imagen: No future, Bansky.

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