La enfermedad de los ojos

La revelación sobreviene de pronto. Una voz que es la mía se apodera de mi pensamiento y hace algo extraño: describe el acto mismo de pensar. Como si la mente se contemplara en un espejo y fuera consciente de que es una mente consciente de que lo es. Consciente de la propia consciencia. Consciente de la propia consciencia de ser consciente. Es angustioso. Por ejemplo: estoy leyendo las primeras páginas de Las troyanas y, mientras lo hago, no puedo evitar pensar que estoy en plena lectura, y que, quizá por ello, las palabras de Hécuba me suenan tan lejanas, como si viniesen amortiguadas por la distancia que impone pensar que estoy pensando en la lectura de sus palabras. Afortunadamente, todo esto dura poco. En apenas unos minutos, la mente regresa a la normalidad. Pero me quedo tan exhausto que, a partir de entonces, soy incapaz de concentrarme en cosa alguna. 

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