La revelación sobreviene de pronto. Una voz que es la mía se apodera de mi pensamiento y hace algo extraño: describe el acto mismo de pensar. Como si la mente se contemplara en un espejo y fuera consciente de que es una mente consciente de que lo es. Consciente de la propia consciencia. Consciente de la propia consciencia de ser consciente. Es angustioso. Por ejemplo: estoy leyendo las primeras páginas de Las troyanas y, mientras tanto, no puedo evitar pensar que me encuentro en plena lectura, y que, quizá por ello, las palabras de Hécuba me suenan lejanas, como si viniesen amortiguadas por la distancia que impone pensar que estoy pensando en la lectura de sus palabras. Afortunadamente, esto dura poco. En apenas unos minutos, la mente regresa a la normalidad. Pero me quedo tan exhausto que, a partir de entonces, soy incapaz de concentrarme en cosa alguna.
«Hiperconsciencia» llama la psicología a esta vorágine rumiona, aunque, por descriptivo, prefiero el término de «hiperreflexividad», que utiliza Marino Pérez en Las raíces de la psicopatología moderna. Su tesis me parece interesante: la hiperreflexividad, omnipresencia de uno para sí mismo, no sería un fenómeno neurológico, sino un proceso cultural fraguado lentamente, centuria a centuria, que tendría su apoteosis a partir del Romanticismo, con la definitiva consagración del yo. Aunque, en realidad, dicho proceso habría empezado tres milenios antes, cuando la escritura, estimuladora de la reflexión, cambió nuestras estructuras mentales. Por eso, en el libro se estudia el desarrollo de la hiperreflexividad en las únicas personas que siempre le han sacado partido: los escritores. Y se abordan los casos de Dostoyevski, Kafka, Flaubert o Pessoa dando a entender que la descomedida autoconsciencia fue para ellos una condena que los puso al borde de la enajenación, pero que también les regaló la lucidez suficiente como para escribir todas sus obras.
En mi caso, como no soy un verdadero escritor, la hiperreflexividad sólo me aporta desasosiego y tristeza. Desasosiego porque en ocasiones creo que estoy a punto de traspasar los límites de la cordura. Tristeza porque me ofrece una imagen de mí mismo que, a mi pesar, no escapa del consabido narcisismo de esta época. Ojalá pudiera, como Pessoa, inventar unos cuantos heterónimos. Volvería a escribir aquellos bellísimos versos de Alberto Caeiro: «El Mundo no se hizo para pensar en él / (pensar es estar enfermo de los ojos), / sino para mirarlo y estar de acuerdo».
Imagen: Retrato de Fernando Pessoa, Almada Negreiros.