Noche estrellada sobre el Ródano

La sala está llena de personas. Muchas más que en las adyacentes, aunque en esas también haya cuadros de Van Gogh. No sé si la propia memoria ha exagerado la anécdota, pero yo la recuerdo así: al entrar, busco con la mirada la Noche estrellada sobre el Ródano, y, cuando la encuentro, de pronto me doy cuenta de que la gente que abarrota la sala se dirige hacia mí. Aún tardo unos segundos en entender lo que ocurre. Todos dan la espalda al cuadro, pero no me miran. Miran las pantallas de sus móviles. Posan. Sonríen. Resulta obvio que se están haciendo un selfi. 

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Almas

Aún somos almas encerradas en la cárcel del cuerpo. De alguna manera, aún seguimos creyendo que caemos en él cuando nacemos, y lo consideramos un obstáculo para la verdad y la virtud. Conservamos la vaga intuición de que el cuerpo, con sus sentidos y sus pasiones, sume a la persona en la infelicidad y la ignorancia. Pese a lo que pueda parecer, este antiguo dualismo está más presente que nunca, y no sólo como una cuestión filosófica, sino como algo que hoy influye en nuestra percepción del mundo. Un ejemplo: pensamos que vivimos en una época de decadencia moral porque el culto al cuerpo se ha convertido en una condición necesaria para la realización de uno mismo, pero lo cierto es que la sensación de declive proviene de que todavía asumimos que hay algo dentro de nosotros que continúa siendo superior.

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La enfermedad de los ojos

La revelación sobreviene de pronto. Una voz que es la mía se apodera de mi pensamiento y hace algo extraño: describe el acto mismo de pensar. Como si la mente se contemplara en un espejo y fuera consciente de que es una mente consciente de que lo es. Consciente de la propia consciencia. Consciente de la propia consciencia de ser consciente. Es angustioso. Por ejemplo: estoy leyendo las primeras páginas de Las troyanas y, mientras tanto, no puedo evitar pensar que me encuentro en plena lectura, y que, quizá por ello, las palabras de Hécuba me suenan lejanas, como si viniesen amortiguadas por la distancia que impone pensar que estoy pensando en la lectura de sus palabras. Afortunadamente, esto dura poco. En apenas unos minutos, la mente regresa a la normalidad. Pero me quedo tan exhausto que, a partir de entonces, soy incapaz de concentrarme en cosa alguna. 

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Agentes del orden

Últimamente tenemos mala prensa los ordenados. Desde hace más de dos siglos, para ser más precisos. Hay que reconocer que el Romanticismo hizo un buen trabajo con la humanidad. Tanto que consiguió infiltrarse hasta en lo más recóndito del imaginario de la gente. El mito del espíritu atormentado que se enfrenta a la incomprensión de la masa llegó incluso al ámbito doméstico. No es de extrañar que ahora, en la época de ese epígono del héroe romántico que es el individuo narcisista, las personas ordenadas aparezcamos como las representantes de una suerte de tiranía llamada a uniformar las conciencias de los caóticos. A sacarlos de su singularidad irrepetible. A impedirles desarrollarse en libertad.

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Cíclopes

Porque tenemos dos ojos, nuestro mundo es horizontal. Ambos recomponen en una sola imagen los elementos que perciben por separado. A esto se le llama estereoscopía, y es algo de lo que, por ejemplo, carecerían los cíclopes. De hecho, su mundo sería vertical, y para disfrutar de una visión semejante a la nuestra, tendrían que estar moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo máximo que puede abarcar nuestra mirada es un campo visual de 180 grados; la de un cíclope, en cambio, estaría condenada a no más de 30, es decir, la que permite la discriminación de colores como mucho. Así que, si yo fuera un cíclope, estaría condicionado por mi limitación ocular, y como no podría acceder a la amplitud horizontal del paisaje, no tendría más remedio que vivir reconcentrado en mí mismo.

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Somos muchos

Somos muchos, quizá demasiados. Levantas una piedra, fisgoneas en un perfil y acabas encontrándote con alguno de nosotros. Estamos por todas partes, e incluso hay quien piensa que no cabemos ni uno más. Por supuesto, no me refiero a los tontos (aunque los haya), sino a la gente que, de la noche a la mañana, se ha puesto a escribir. Porque es un hecho indiscutible que todo el mundo escribe últimamente, y, lo que es más indiscutible todavía, que una gran mayoría tiene su librito publicado. Confieso que, hasta hace poco, mi corporativismo me impedía admitir esta evidencia. Pero al final no he tenido más remedio que caer del caballo. En efecto, somos muchos, demasiados tal vez. El planeta literario está superpoblado y sus recursos son cada vez más pobres. Y esto es así porque cada libro que sale a la venta ocupa el doble de espacio: el suyo y el de un ego hipertrofiado esperando reconocimiento. 

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