Telémaco mirando el horizonte

El chaval tenía 16 años, un magnífico expediente en la ESO y, sin embargo, en el primer curso de bachillerato se estaba despeñando. La mayoría de mis compañeros de trabajo manejaba la versión convencional del asunto: el padre hacía lo que estaba en su mano, pero el hijo empezaba a ir con malas compañías. Yo, en cambio, tenía la versión genuina, que había arrancado en confesión una mañana en la que él y yo mantuvimos una larga charla.

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Contra el futuro

Me paso la vida pensando en el futuro. Y no me extraña que sea así. Soy un hijo de esta época, y supongo que resulta inevitable que los hijos de esta época pensemos en el futuro. Que creamos que es nuestro deber ganárnoslo, o que nos justifiquemos aduciendo que esperarlo con inquietud o ilusión pertenece a nuestra naturaleza. Supongo que es razonable que haya crecido enfocando mi vida hacia un horizonte donde, tarde o temprano, habría de dibujarse, tratando de ser pertinaz si no quería tirarlo por la borda. Qué tiene el futuro para que atraiga tantos esfuerzos. Para que encumbre al político que lo blande en sus sofismas. Para que cautive al científico que busca cambiarlo. Cómo puede ser tan poderoso algo que no se ha dado todavía y que, cuando intuimos su cercanía, ya se ha volatilizado.

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Militantes

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, crear tensión social es todo un arte. El enfrentamiento que provoca la guerra es explícito y burdo; el de la tensión, en cambio, es mucho más sutil. Quienes la idean no son ingenieros sociales, sino orfebres de la realidad. Liman y engastan los mensajes para polarizar el ágora convenientemente. El relato que resulta es consabido: luz frente a sombras, buenos contra malvados. Se recompone el universo para que este sea un sitio donde todo está por hacer. Y así se nos sugiere que el progreso es en realidad una ensoñación que oculta un complot que busca nuestra ruina. La izquierda se ha aliado con el globalismo y los poderes financieros. La derecha impulsa una nueva involución que acabará con los derechos conseguidos. Estamos en una hora crucial y tú tienes que elegir bando. Habla. Opina. Discute. Sé un militante.

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El arte de hablar de uno mismo

Hablar de uno mismo es un arte. No todos pueden hacerlo, y muy pocos pueden hacerlo bien. A la capacidad de introspección que se requiere hay que añadir cierta proclividad de carácter hacia la vanidad, que, por supuesto, ha de ser siempre discreta. Un recurso utilizado a lo largo de la historia ha sido el de la confesión. San Agustín escribe las suyas, además de para la consabida alabanza de Dios, para la búsqueda de esa verdad que también anida en el interior de los lectores. En el décimo libro de su obra leemos: «Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los muchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas, y olvidaron mirarse a sí mismos».

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Niños de los ochenta

Haber sido niño en los ochenta es una de esas escasas anomalías generacionales que se dan en la historia. Los de aquella época vivieron en un interludio donde un universo empezaba a derrumbarse y otro aún no se había conectado a la red. Fue un raro instante de transición que, como todos los de su naturaleza, les permitió, por una parte, mantener el contacto con una manera de crecer que apenas había variado en más de un siglo, y, por otra, ser como los sabios del poema de Kavafis, que, de los hechos futuros, sólo «captan / los que se aproximan». Los niños de los ochenta conocieron la autoridad familiar aunque las normas ya se habían relajado, evitaron el yugo de la imagen a pesar de que había presagios de su llegada, y tuvieron momentos en los que escaparon de la supervisión de los adultos aun cuando estos habían empezado a hacerlos partícipes de sus inseguridades como padres. 

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Un nuevo salto al vacío

Uno de los mayores traumas históricos que ha sufrido España es la invasión napoleónica de 1808. Horrorizan las cifras: entre 375.000 y 500.000 víctimas directas e indirectas, unos 30.000 exiliados, alrededor de 1.500 obras maestras robadas, la totalidad de la incipiente industria destruida, y el principio del fin del imperio hispánico. El trauma alcanza cotas de auténtica tragedia si además se tiene en cuenta que aquella guerra es, en cierto modo, un conflicto civil que enfrenta a afrancesados y patriotas, y que crea para la posteridad el mito de las «dos Españas», de tan exitosa trayectoria.

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Peces españoles

La sensación es extraña. Un médico español, Francisco Javier Balmis, realiza la primera campaña internacional de vacunación de la historia de la humanidad, y ninguno de tus libros de texto del instituto lo nombra. El corpus legal que se inicia con el testamento de Isabel la Católica,y culmina en las Leyes de Indias de 1680, anticipa lo que dos siglos más tarde se conocerá como derechos humanos, pero ninguno de tus profesores te lo ha contado jamás. El real de a ocho castellano, de curso legal en EE.UU. nada menos que hasta 1857, es la primera moneda global, y tú has tenido que enterarte por tu cuenta, y además vía Internet. 

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Sobre el miedo

No lo sabíamos todo sobre el miedo. Aunque lo habíamos conocido en situaciones donde éramos capaces de sentirlo, jamás habíamos experimentado el miedo colectivo. El veintiuno es el siglo en el que las sociedades volvieron a tener miedo: al terrorista, a la pobreza, a la enfermedad, a la guerra, al fin del mundo. Pero este miedo nos ha terminado marcando a unos más que a otros. 

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El imperio de los espejos

La contemplación de nosotros mismos es un acontecimiento tardío que sucede en la Venecia renacentista. Hasta ese momento, nos habíamos mirado en la ligera ondulación de las aguas o en los metales pulidos que reflejaban una figura emborronada y ambigua. Los cristales azogados de los maestros venecianos nos devuelven por primera vez en la historia una imagen nítida de quienes somos. De pronto, el yo, que nunca ha superado los límites de lo psicológico, empieza a desbordarse en el cristal y sale al mundo para subjetivar todo cuanto toca. Desde entonces, la idea de que las cosas no existen si no estamos allí para percibirlas irá calando en la modernidad recién inaugurada.

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El relato

Hay algo en la narración que subyuga la mente de quien la escucha, un poder que hace que el mensaje llegue al receptor abarcando al mismo tiempo la razón y las emociones. Las buenas historias nos atrapan al instante, así que el arte de contarlas siempre ha tenido como objetivo influir en nuestra voluntad. Lo saben los chamanes neolíticos, los evangelizadores de toda laya y los amados líderes que protagonizan las grandes revoluciones. Los ingleses llaman hoy a esto «storytelling», y nosotros, siempre a rebufo del imperio anglosajón a pesar de que poseemos un idioma mucho más rico, lo hemos traducido, ay, como «relato».

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