El segundo acto

El primero en equiparar los tres actos de una obra a las edades del hombre es Francisco Bances Candamo. «La comedia (escribe en su Teatro de los teatros) es un cuerpo que consta de tres partes, que son principio, medio y fin; o, por mejor decir, infancia, juventud y vejez; porque en la primera jornada se nace la acción, en la segunda crece y en la tercera muere». Me acuerdo del símil ahora, recién cumplido el medio siglo, y pienso que este cuerpo, el mío, está ya en pleno segundo acto y que no puede escapar a los mecanismos que toda obra teatral establece.

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La enfermedad de los ojos

La revelación sobreviene de pronto. Una voz que es la mía se apodera de mi pensamiento y hace algo extraño: describe el acto mismo de pensar. Como si la mente se contemplara en un espejo y fuera consciente de que es una mente consciente de que lo es. Consciente de la propia consciencia. Consciente de la propia consciencia de ser consciente. Es angustioso. Por ejemplo: estoy leyendo las primeras páginas de Las troyanas y, mientras tanto, no puedo evitar pensar que me encuentro en plena lectura, y que, quizá por ello, las palabras de Hécuba me suenan lejanas, como si viniesen amortiguadas por la distancia que impone pensar que estoy pensando en la lectura de sus palabras. Afortunadamente, esto dura poco. En apenas unos minutos, la mente regresa a la normalidad. Pero me quedo tan exhausto que, a partir de entonces, soy incapaz de concentrarme en cosa alguna. 

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Estar

Lenta y sigilosa imagino la traición a lo largo de la Edad Media. El stare de los romanos abandonando el castrante significado original de «estar de pie». Aliándose después con ese «estar en» el mundo que  logra ennoblecerlo para siempre. Conquistando finalmente la bella temporalidad de un «estou vivo», de un «estou anoxado», de un «estic feliç». Es así como se consuma la traición de las lenguas ibéricas al sum latino. Son las únicas. No la cometen ni el rumano ni el francés. Ni siquiera el italiano, cuyo dulce stare lo intenta una y otra vez para terminar expresando sólo estados generales de ánimo o la permanencia momentánea en algún lugar. Salvo las peninsulares, ninguna lengua romance diferencia entre estar y ser. Ninguna puede deslindar, como ellas hacen, la esencia del estado, lo intemporal de lo transitorio.

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Rezagados

He descubierto la música de los noventa con treinta años de retraso. Llevo un tiempo escuchando insistentemente Loveless en mis auriculares, y me pregunto dónde estaba yo metido en aquella época para haber ignorado esta obra maestra de My Bloody Valentine. No es la primera vez. Me ha pasado con Paul Auster, por ejemplo; leí Leviatán hace un año y me hice la misma pregunta. Se supone que cada generación tiene una geografía común, un talismán que convierte en cómplices a sus miembros, momentos del pasado donde todos han coincidido puntualmente. Pero existe una minoría de personas que siempre llega tarde.

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El arte de hablar de uno mismo

Hablar de uno mismo es un arte. No todos pueden hacerlo, y muy pocos pueden hacerlo bien. A la capacidad de introspección que se requiere hay que añadir cierta proclividad de carácter hacia la vanidad, que, por supuesto, ha de ser siempre discreta. Un recurso utilizado a lo largo de la historia ha sido el de la confesión. San Agustín escribe las suyas, además de para la consabida alabanza de Dios, para la búsqueda de esa verdad que también anida en el interior de los lectores. En el décimo libro de su obra leemos: «Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los muchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas, y olvidaron mirarse a sí mismos».

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22 de febrero

En mi historia, Manuel Machado y su esposa viajan a Colliure el 6 de marzo de 1939, donde Antonio Machado ha muerto doce días antes. Durante el trayecto, acuciado por los recuerdos, el poeta escribe un verso en su libreta, el primero que, tras años de propaganda bélica, quizá esté alentado por una auténtica inspiración poética. Un día después, el matrimonio llega a su destino, y allí se entera de que doña Ana, la madre, también acaba de morir. 

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Aladas palabras

Antes de empezar, sé lo que va a ocurrir. La mayoría atenderá desde la primera sílaba que salga de mis labios, y, dos segundos después, los tendré a todos, incluido el que nunca escucha, completamente en silencio. Los años me han enseñado a modular la voz, a dar la intensidad justa a cada acento, a cada rima. Sé cuándo debo detenerme. Sé, por ejemplo, cómo no caer en el abismo de uno de los encabalgamientos más peligrosos de la literatura. Leo Lo fatal, el soneto de Rubén Darío, pero podría estar leyendo otro poema; los oyentes son estudiantes de segundo de ESO, pero lo mismo daría si fueran de primaria o de bachillerato. Si me esfuerzo, el efecto sería el mismo. Muchos no entenderían nada, como ahora. Algunos se extrañarían levemente (siempre reaccionan igual) con ese «ser» del cuarto verso («pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»). Y otros, los menos, descubrirían algo que no esperaban y que, sin saber de qué se trata, se quedará con ellos de por vida.

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Hacia dónde

Aunque de esta imagen se ha escrito mucho, no por ello deja de fascinarme. Me parece misteriosa, pero al mismo tiempo reveladora. Misteriosa porque esa vitalidad que muestra contradice el contexto de muerte de la guerra civil. Reveladora porque es como una definición de la condición humana. Walter Reuter hace la foto en la playa de la Malvarrosa, en el verano de 1937. Todos (de izquierda a derecha: Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón) participan en los ensayos de Mariana Pineda, que se representará en conmemoración del primer aniversario del asesinato de Federico. Son jóvenes, son fuertes, son bellos. Los aviones italianos ya han dejado caer unos cuantos obuses sobre Valencia. Posiblemente, Cortezo haya sido llevado a la checa de Germanías por su indisimulada homosexualidad. Y sin embargo, ahí están, corriendo (hacia dónde) y riendo con toda la energía de que es capaz la existencia.

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A medio coser

Un prejuicio sobrevuela la historia de la literatura desde el Romanticismo (uno más). Un dogma tan asumido que ni siquiera es concebible la herejía. A saber: que la juventud es un valor literario de primer orden, puesto que el escritor joven, si es capaz de escribir algo importante, posee unas cualidades superiores que responden a la mera biología. Es rebelde, desprejuiciado, tal vez algo insolente ante la herencia literaria, y su precocidad, en vez de aspirar a la imitación de los modelos, pretende superarlos. Por todo ello, el escritor joven (el buen escritor joven, insisto) pronto adquirirá el mismo rango que los autores cuyas obras más reconocidas fueron escritas al abandonar la mocedad.

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Gaudeamus igitur

No hay idea más embaucadora que la de la felicidad. Caemos en su trampa cuando asumimos que el único motor de la existencia es el deseo, y que dejarse llevar por este asegura, si no el éxito, sí salir de la mediocridad en la que el hombre corriente se marchita día a día. Pero el hombre corriente (es decir, todos nosotros) es un ser imperfecto que está sometido a esa gigantesca imperfección que es la vida. La vida no es algo que se acabe mientras vivimos, sino que siempre está en marcha. Y la felicidad nos promete una cosa distinta: una cima, una conclusión a partir de la cual nada cambiará y nada avanzará. Implicarse anímicamente en el horizonte de la felicidad supone aceptar que puede haber un momento en que el proceso vital se detenga, el oxímoron de alcanzar una suerte de inmortalidad en tanto seguimos viviendo.

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