Siempre está amaneciendo y huele a mar

En ocasiones, sin que lo sospechemos, el mundo entra en la literatura a través de la lectura para ponerle un decorado. Los primeros en percatarse fueron los románticos del Grand Tour. Goethe lee a los clásicos en su viaje por Italia y siente que los textos, que en la neblinosa Weimar eran espíritu y pensamiento, «se convierten en objeto, en cuerpo» entre las ruinas de Roma. No se puede describir mejor esta influencia: en el momento en que el exterior se infiltra en la lectura, esta se cosifica, adquiere una forma y un volumen casi tangibles. 

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Viajes

Somos la última generación del Romanticismo. Nos gustan las mismas reliquias y adoramos a los mismos  dioses. Seguimos hablando de genio y de originalidad, creemos que todo hombre oculta a un poeta y todavía consideramos el mundo como un misterio insondable. Pero de entre todas las supersticiones románticas que permanecen enquistadas en las glándulas de occidente, tal vez la más palmaria sea esa pulsión por el viaje que parece consumir a mis contemporáneos. ¿Por qué la gente quiere viajar a toda costa? ¿Qué es lo que otorga al viaje el prestigio social que hoy posee? Y sobre todo: ¿por qué se nos vende como una conquista personal que, a su vez, es reveladora de un estatus o de un carácter?

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