Hacia dónde

Aunque de esta imagen se ha escrito mucho, no por ello deja de fascinarme. Me parece misteriosa, pero al mismo tiempo reveladora. Misteriosa porque esa vitalidad que muestra contradice el contexto de muerte de la guerra civil. Reveladora porque es como una definición de la condición humana. Walter Reuter hace la foto en la playa de la Malvarrosa, en el verano de 1937. Todos (de izquierda a derecha: Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón) participan en los ensayos de Mariana Pineda, que se representará en conmemoración del primer aniversario del asesinato de Federico. Son jóvenes, son fuertes, son bellos. Los aviones italianos ya han dejado caer unos cuantos obuses sobre Valencia. Posiblemente, Cortezo haya sido llevado a la checa de Germanías por su indisimulada homosexualidad. Y sin embargo, ahí están, corriendo (hacia dónde) y riendo con toda la energía de que es capaz la existencia.

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Un nuevo salto al vacío

Uno de los mayores traumas históricos que ha sufrido España es la invasión napoleónica de 1808. Horrorizan las cifras: entre 375.000 y 500.000 víctimas directas e indirectas, unos 30.000 exiliados, alrededor de 1.500 obras maestras robadas, la totalidad de la incipiente industria destruida, y el principio del fin del imperio hispánico. El trauma alcanza cotas de auténtica tragedia si además se tiene en cuenta que aquella guerra es, en cierto modo, un conflicto civil que enfrenta a afrancesados y patriotas, y que crea para la posteridad el mito de las «dos Españas», de tan exitosa trayectoria.

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Un pequeñoburgués liberal

Dice Manuel Chaves Nogales en el prólogo de A sangre y fuego que la guerra civil española fue el laboratorio de dos ideologías, fascismo y comunismo, que pugnaron por la supremacía occidental. Tanto una como otra, asegura, eran opuestas en apariencia, pero hermanas en su odio por la democracia burguesa. Los españoles, concluye, fueron obligados a tomar partido sin saber que, al hacerlo, abandonaban la única causa capaz de combatir a ambos monstruos. «Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese», escribe en «Consejo obrero», el último cuento de la primera edición. Una imagen, la de la libertad huérfana de paladines, que entiendo cada vez más.

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La destrucción o el amor

Están casi todos. A la izquierda, vemos de pie a Miguel Hernández, seguido de Leopoldo Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, José Fernández Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Juan Panero. Sentados (de izquierda a derecha también) se encuentran Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. El del suelo es Gerardo Diego. La foto está tomada el 4 de mayo de 1935, en el Restaurante Biarritz de Madrid. Todos se han leído. Todos se admiran. Todos se envidian amigablemente. Los suponemos después de la comida. Sonríen relajados. Quizás alguien haya gastado alguna broma. Tal vez continúen con una conversación iniciada antes del posado. Se reúnen para homenajear a Aleixandre, Premio Nacional de Literatura por su libro La destrucción o el amor. Y es esto precisamente lo que otorga a la imagen una suerte de trágica ironía. Porque un año después de aquel amoroso ágape, algunos de ellos intentarán destruirse mutuamente.

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