Siempre está amaneciendo y huele a mar

En ocasiones, sin que lo sospechemos, el mundo entra en la literatura a través de la lectura para ponerle un decorado. Los primeros en percatarse fueron los románticos del Grand Tour. Goethe lee a los clásicos en su viaje por Italia y siente que los textos, que en la neblinosa Weimar eran espíritu y pensamiento, «se convierten en objeto, en cuerpo» entre las ruinas de Roma. No se puede describir mejor esta influencia: en el momento en que el exterior se infiltra en la lectura, esta se cosifica, adquiere una forma y un volumen casi tangibles. 

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Literatura de la sombra

A veces tengo miedo de lo que estoy leyendo, sobre todo cuando del libro escapa una sombra que se proyecta por sorpresa, una sospecha sin constatación posible. No sé cómo ocurre, pero de pronto creo que se desmorona el orden de las cosas y me parece atisbar algo que se asemeja a una de esas verdades que han estado evitándose. Y descubro entonces que, pese a que aparece de diferentes formas, siempre se trata de la misma sensación: una abrumadora conciencia de silencio, una certeza asfixiante de que la vida carece de lecciones morales, de que somos demasiado pequeños como para que nuestros asuntos importen a Dios. Últimamente esto me está pasando con la Ilíada, obra a la que he vuelto después de muchos años.

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Cíclopes

Porque tenemos dos ojos, nuestro mundo es horizontal. Ambos recomponen en una sola imagen los elementos que perciben por separado. A esto se le llama estereoscopía, y es algo de lo que, por ejemplo, carecerían los cíclopes. De hecho, su mundo sería vertical, y para disfrutar de una visión semejante a la nuestra, tendrían que estar moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo máximo que puede abarcar nuestra mirada es un campo visual de 180 grados; la de un cíclope, en cambio, estaría condenada a no más de 30, es decir, la que permite la discriminación de colores como mucho. Así que, si yo fuera un cíclope, estaría condicionado por mi limitación ocular, y como no podría acceder a la amplitud horizontal del paisaje, no tendría más remedio que vivir reconcentrado en mí mismo.

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