Un prejuicio sobrevuela la historia de la literatura desde el Romanticismo (uno más). Un dogma tan asumido que ni siquiera es concebible la herejía. A saber: que la juventud es un valor literario de primer orden, puesto que el escritor joven, si es capaz de escribir algo importante, posee unas cualidades superiores que responden a la mera biología. Es rebelde, desprejuiciado, tal vez algo insolente ante la herencia literaria, y su precocidad, en vez de aspirar a la imitación de los modelos, pretende superarlos. Por todo ello, el escritor joven (el buen escritor joven, insisto) pronto adquirirá el mismo rango que los autores cuyas obras más reconocidas fueron escritas al abandonar la mocedad.
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