El gran hallazgo de la civilización hispánica se llama modernidad, aunque, para entenderla como nuestros antepasados la concibieron, hay que despojarse de algunos prejuicios y aceptar que no significa progreso. Al menos en literatura. Es cierto que la literatura se hace moderna cuando la realidad se infiltra en los libros y la frontera entre esta y la ficción se desdibuja. Sin embargo, las obras se llenan de criados, pícaros y locos, más que por agotamiento del idealismo, porque la realidad deja de ser literaria. La Celestina aparece cuando se ha acabado la reconquista y la épica ya ha envainado la espada. No hay en ella hechos valerosos, sino acciones que tienen el único objetivo de la supervivencia. No hay enfermos de amor, sino interés. No hay enseñanza moral: hay vida. Pero todo cuanto nosotros, lectores del futuro, consideramos moderno, para aquellos escritores es un desastre. Por eso, el discurso sobre la libertad de la mujer está puesto en la boca de la puta Areúsa, y el del hombre hecho a sí mismo en la fingida autobiografía de un parásito social.

La modernidad literaria no es algo que el escritor elija conscientemente como tal. La modernidad es una crítica a los tiempos presentes y un lamento por el pasado perdido. De hecho, los primeros autores que escriben obras modernas son profundamente medievales. Si no lo fueran, jamás habrían sentido la necesidad de llevar a la imprenta la odiada realidad en la que viven. Esto es importante tenerlo en cuenta cuando se aspira a comprender lo que verdaderamente aportan los clásicos de nuestro Siglo de Oro. La invención del personaje complejo, por ejemplo, no es más que un intento de denunciar la traición de sus contemporáneos a los viejos valores. ¡Ojalá la hipocresía social, el amor al dinero, la deslealtad, el deshonor o la envidia no los hubieran obligado a inventarlo!

La modernidad es un suspiro nostálgico, un intento por rescatar el Medievo. Cervantes, que ha sido soldado y ha vivido el heroico espejismo de Lepanto, concentra toda su decepción en Alonso Quijano, un loco que pretende restaurar las leyes de la antigua caballería. La modernidad, por tanto, no es nada moderna. Esta es su paradoja, pero también la gran paradoja de la historia en general. Progresamos cuando nuestro tiempo no nos gusta y echamos la vista atrás buscando un ejemplo, un espejo, un trozo de madera que nos salve del naufragio.

Imagen: La Celestina. Pablo Picasso.

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