Muchos de mis amigos de izquierdas no me creen cuando les digo que yo también soy de izquierdas. Piensan que mi defensa de la unidad de España invalida cualquier coincidencia ideológica que podamos tener. De hecho, estoy seguro de que no habría tantas diferencias entre ellos y, por ejemplo, un partidario de la sanidad privada que, sin embargo, apoyara el derecho de autodeterminación de los pueblos. Para mis amigos, resulta sospechoso que yo no tenga alergia a la bandera, no ponga cara de escepticismo cuando se habla de algún hecho de nuestra historia digno de ser recordado y, sobre todo, no justifique que los territorios (como ocurría en la Edad Media y como exigen ahora los partidos nacionalistas) tengan privilegios.

Tampoco creen que yo sea de izquierdas cuando critico las reformas educativas de los últimos treinta años. No lo creen por dos razones: porque casi todas esas leyes fueron concebidas por partidos de izquierdas y porque piensan que, sobre el papel, eran perfectas y que, si fracasaron, fue a causa de que jamás se dotaron con suficientes recursos. Para ellos, el problema reside en la forma y no en el fondo. Así que, como la izquierda defiende la igualdad social, no hay nada más de derechas que apoyar un sistema educativo exigente y meritocrático. Aunque ello suponga que los chavales que solo se pueden permitir matricularse en centros públicos estén condenados a aprender la cuarta parte de lo que aprenderían en uno de esos colegios privados a donde acuden los hijos de los políticos (incluidos los de izquierdas).

No obstante, si por algo muchos de mis amigos de izquierdas están convencidos de que no soy de izquierdas, es por mi desprecio a cualquier norma que pretenda instaurar una moral de estado. No entienden que, para mí, ser de izquierdas tiene más que ver con la organización política y económica del país que con el comportamiento de la sociedad. Por eso, aunque yo esté a favor de la presencia estatal en sectores empresariales clave o apoye la sanidad universal y las pensiones públicas, me consideran un reaccionario si rechazo la imposición del lenguaje inclusivo, las leyes de discriminación positiva y la teoría queer.

Hasta hace poco, ser de izquierdas consistía en defender una nación sin desigualdades territoriales, una enseñanza ilustrada y una conciencia soberana e independiente. Pero a veces me siento tan en minoría, que estoy tentado de darles la razón.

2 comentarios en “Ser de izquierdas

  1. Expresas muy bien lo que mucha gente piensa pero no acierta a definir. Los que no son de izquierdas son ellos, los del régimen, los amparados por el poder, los sumisos al pensamiento dominante. ¿En qué se diferencian de las juventudes falangistas? Viven de consignas jerárquicas y tópicos banales. Todos dan los mismos argumentos. Si es que los dan.

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