Lenta y sigilosa imagino la traición a lo largo de la Edad Media. El stare de los romanos abandonando el castrante significado original de «estar de pie». Aliándose después con ese «estar en» el mundo que logra ennoblecerlo para siempre. Conquistando finalmente la bella temporalidad de un «estou vivo», de un «estou anoxado», de un «estic feliç». Es así como se consuma la traición de las lenguas ibéricas al sum latino. Son las únicas. No la cometen ni el rumano ni el francés. Ni siquiera el italiano, cuyo dulce stare lo intenta una y otra vez para terminar expresando sólo estados generales de ánimo o la permanencia momentánea en algún lugar. Salvo las peninsulares, ninguna lengua romance diferencia entre estar y ser. Ninguna puede deslindar, como ellas hacen, la esencia del estado, lo intemporal de lo transitorio.
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Ser y estar
Si ya suena raro «estar» feliz, más raro sonaría «ser» contento. Esto ocurre porque se concibe «ser feliz» como una permanencia, y «estar contento» depende simplemente del instante. Y también porque el que está contento se ha puesto sin quererlo, y quien se cree feliz se lo propone previamente. La mala fama de estar contento viene de ese «estar» que lo acompaña. «Estar» suele considerarse como una sombra de «ser». Creemos que, como estar contento depende de la ocasión, es inferior a ser feliz. Pero nos equivocamos. Para estar contento basta con vivir; la felicidad, en cambio, hay que buscarla porque jamás se encuentra entre nosotros. Y es precisamente de esa búsqueda de donde salen los dogmas actuales acerca de ella, y, sobre todo, las vidas destinadas a frustrarse por no alcanzarla nunca.
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