La frase de Jean Améry resuena insistentemente en mi cabeza estos días: «El acto de matarse a sí mismo es el triunfo definitivo sobre la naturaleza empírica». En la tesis subyacente no existe ni un ápice de ironía. No es Kiríllov exponiendo patéticamente una idea («me mataré para afirmar mi insubordinación y mi nueva y terrible libertad») que su creador, Dostoyevski, por supuesto no comparte. En esa frase intuyo todo lo contrario: entusiasmo, pero un entusiasmo que en nuestra época está normalizado. El escritor austríaco ratifica el concepto, asumido hoy, de libertad individual. Libertad cuya máxima demostración sería el suicidio. Suicidio que, cuando fuera asistido por el estado, alcanzaría la categoría de derecho universal.
Seguir leyendo