Antes del asalto, el cielo pertenecía a un dios bastante extraño. Era el dios de los católicos, llevado por los españoles a todos los rincones del planeta. Allí se mezcló con espíritus telúricos y diosas emplumadas. El número de santos y de vírgenes creció en apenas unas décadas, y, con ellos, los días en que se les veneraba. Hasta el siglo XVIII, en la Monarquía Hispánica había una media de noventa festividades al año. Tres meses de banquetes multitudinarios, de corridas de toros, de fuegos artificiales. Para la universalidad de su mensaje, el catolicismo se hizo sincrético. Y este sincretismo lo transformó en una religión de la conmemoración y de la fiesta.
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