Antes del asalto, el cielo pertenecía a un dios bastante extraño. Era el dios de los católicos, llevado por los españoles a todos los rincones del planeta. Allí se mezcló con espíritus telúricos y diosas emplumadas. El número de santos y de vírgenes creció en apenas unas décadas, y, con ellos, los días en que se les veneraba. Hasta el siglo XVIII, en la Monarquía Hispánica había una media de noventa festividades al año. Tres meses de banquetes multitudinarios, de corridas de toros, de fuegos artificiales. Para la universalidad de su mensaje, el catolicismo se hizo sincrético. Y este sincretismo lo transformó en una religión de la conmemoración y de la fiesta. 

En  la dinastía de los Austrias, el cielo fue un lugar gozoso y sensitivo. Traído a ras de tierra en cada celebración anual. Cantado en el silencio de la literatura mística y en la barahúnda de los autos sacramentales. Revelado en los emblemas pictóricos, en los misterios litúrgicos que escapaban a la razón. De hecho, fue lo irracional, transustanciado en aquellas ceremonias festivas, la argamasa del imperio. A través de la irracionalidad, el esplendor del Barroco se hizo popular, y lo popular se mezcló con la alta cultura.

Un cielo no se asalta de la noche a la mañana. Necesita una guerra y un cambio de dinastía. Una razón enemiga de las supersticiones del pueblo. Un planificador, un Gran Arquitecto que desaloje al dios desmesurado e inefable. Por eso, una vez en el trono vacante, los Borbones intentaron eliminar cuanto no fuera estrictamente racional. Prohibieron las danzas de morenos y las diabladas, fiscalizaron los cultos de vírgenes mestizas y suprimieron un tercio de las viejas festividades. El proyecto ilustrado requería sacar a los hombres de su minoría de edad y, para ello, antes debía retirar lo sagrado de las calles, confinarlo en los purificados templos neoclásicos.

Nuestro tiempo es el resultado de aquel asalto que ya se había dado en la cultura protestante. Y aunque el dios lógico fue pronto un dios inexistente, la razón (reposición de lo sagrado) siguió estando eslabonada en la luz del cielo. Entretanto, lo irracional fue condenado al infierno de la conciencia moderna, y reaparecerá en la atracción romántica por el abismo, en el decadentismo simbolista, en los terrores del subconsciente.

Desde entonces, el arte contemporáneo no sabe celebrar lo irracional, sólo padecerlo. Puede ser bello todavía, pero jamás volverá a ser alegre.

Imagen: Apoteosis de la Monarquía Hispánica, Luca Giordano.

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