A veces tengo miedo de lo que estoy leyendo, sobre todo cuando del libro escapa una sombra que se proyecta por sorpresa, una sospecha sin constatación posible. No sé cómo ocurre, pero de pronto creo que se desmorona el orden de las cosas y me parece atisbar algo que se asemeja a una de esas verdades que han estado evitándose. Y descubro entonces que, pese a que aparece de diferentes formas, siempre se trata de la misma sensación: una abrumadora conciencia de silencio, una certeza asfixiante de que la vida carece de lecciones morales, de que somos demasiado pequeños como para que nuestros asuntos importen a Dios. Últimamente esto me está pasando con la Ilíada, obra a la que he vuelto después de muchos años.

George Steiner considera que esta sombra de la literatura (esta literatura de la sombra, más bien) pertenece a la tragedia, pero que la Ilíada le da carta de naturaleza. Tiene sentido. Ni la cólera de Aquiles ni las virtudes heroicas que la guerra instituye son tan relevantes como esa fuerza que convierte a los personajes en cosas aplastadas bajo una necesidad ciega. En realidad, la Ilíada trata sobre el abismo que existe entre el cielo de los inmortales y el solar de los humanos. Revela el desamparo en el que estos se encuentran y del que jamás habrán de salir. Nada se entiende en su universo absurdamente desmesurado. ¿A qué responden los cambios de bando de Ares, las veleidades de Zeus, los arranques de furia de Atenea? ¿Por qué, mientras que al cuerpo del intachable Héctor se le arrastra como al más vil de los animales, el cobarde Tersites puede volver a casa sano y salvo?

La relectura de la Ilíada ha depositado en mí una inquietud que hacía tiempo no sentía. Aquella que produce la intuición de que, aunque el resto de obras literarias de la historia al final ofrezcan un sentido, desde su origen, el auténtico, el único empeño de la literatura ha sido tratar de demolerlo. Esta es exactamente la corazonada que, por otro lado, siempre me ha asaltado leyendo El rey Lear, obra donde se desvanece por completo el plan divino y todo (amor, lealtad, sufrimiento, muerte) se manifiesta carente de justicia. Allí Shakespeare hace que cualquier lector toque fondo definitivamente. «Como moscas para los niños traviesos (dice por boca de Gloucester) somos nosotros para los dioses; nos matan por deporte».

Imagen: La procesión del caballo de Troya, Giovani Domenico Tiepolo.

Un comentario en “Literatura de la sombra

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