Lenta y sigilosa imagino la traición a lo largo de la Edad Media. El stare de los romanos abandonando el castrante significado original de «estar de pie». Aliándose después con ese «estar en» el mundo que  logra ennoblecerlo para siempre. Conquistando finalmente la bella temporalidad de un «estou vivo», de un «estou anoxado», de un «estic feliç». Es así como se consuma la traición de las lenguas ibéricas al sum latino. Son las únicas. No la cometen ni el rumano ni el francés. Ni siquiera el italiano, cuyo dulce stare lo intenta una y otra vez para terminar expresando sólo estados generales de ánimo o la permanencia momentánea en algún lugar. Salvo las peninsulares, ninguna lengua romance diferencia entre estar y ser. Ninguna puede deslindar, como ellas hacen, la esencia del estado, lo intemporal de lo transitorio.

A qué se debe esta excepcionalidad léxica, este milagro geográfico. Hay quien dice que al sustrato del euskera (para Sánchez-Albornoz el castellano es un latín mal hablado por los vascos), que siempre distinguió entre izan y egon. O a la temprana conquista de Hispania, que trajo una lengua madre más antigua. O al efecto dominó que provocó otra mitosis lingüística, la de los verbos haber y tener, esta ya no exclusiva de la península. Sin embargo, a mí me gusta pensar que nuestro estar no tuvo más remedio que nacer en una tierra que durante ocho siglos fue inestable y temporal. Habitada por gente de frontera que debió separar lo cambiante del espacio y la fijeza de quien cambiaba, el desarraigo de lo cotidiano y el enraizamiento de la religión o de la estirpe.

Con el tiempo, sus hablantes han acabado equilibrando las dos categorías. Ser y estar participan del mismo paisaje y son igual de verdaderos. Revelan un doble sentido, trascendente e inmanente, que hace que, a diferencia de los idiomas que son incapaces de discriminarlos, ambos verbos integren realidad y apariencia sin la trampa del nihilismo. Portugueses, catalanes, gallegos o murcianos: a ninguno se le ocurriría ensalzar lo permanente y menospreciar, por falso, el ser que cambia,  puesto que el ser que cambia es, para cualquiera de ellos, el estar de toda la vida.

Me pregunto si, de haber contado el griego de Parménides o el alemán de Heidegger con esta ventaja evolutiva que hermana a peninsulares (y también a americanos), la historia de la filosofía hubiera sido como la conocemos.

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