No creo en los ateos. En ese extrañísimo conformarse solamente con la promesa de la nada. En su revindicación constante de un sentido objetivo del mundo que sin embargo ninguno de ellos ha logrado entender jamás. En su amor casi enfermizo por la trampa dialéctica, henchida de arrogancia y paradojas, para defender lo indefendible. El ateo padece en un silencio culpable las viejas incongruencias del creyente. Las menosprecia por irracionales, sí, pero al mismo tiempo hace de la ausencia de Dios una presencia constante, una omnipresencia de la ausencia que exige que todo se mire a través del cristal de su ateísmo.
Seguir leyendoAutor: David López Sandoval
Entre ruinas
Se termina un camino que comenzó hace treinta y cuatro años con la aprobación de la LOGSE. Cuanto aquella ley pretendía en su preámbulo se cumple con pasmosa precisión ahora. Sabemos que todo ese tiempo sólo ha sido una preparación para el presente. Lo sabemos porque la actual LOMLOE, con su oposición explícita a lo que con desprecio denomina como «saberes enciclopédicos», da carta de naturaleza a la indolencia y normativiza definitivamente la incultura. Por eso digo que se acaba un camino. Un camino en el que el PSOE (con la complicidad del PP) ha desmantelado la enseñanza española para adaptarla a la principal exigencia del sistema productivo: abandonar para siempre el ideal de ciudadanía ilustrada y convertir las escuelas en las fábricas del nuevo proletariado.
Seguir leyendoPesadilla
Siempre es la misma sensación: antes de despertar, soy consciente de que estoy despertando. El sueño parece que se ha desvanecido, que emerjo a la realidad del dormitorio. Sin embargo, de pronto, detecto una presencia; unas veces se trata de una sombra, otras adquiere la forma de alguien con el rostro emborronado y terrible. Quiero moverme entonces, huir cuanto antes, pero no puedo. Un peso enorme me aplasta contra el colchón y me es imposible abrir los ojos porque tengo los párpados pegados. Hasta que despierto transcurren unos segundos en los que creo estar lúcido. Soy capaz incluso de esperar a que todo pase y de decirme palabras tranquilizadoras para sobrellevar el mal trago.
Seguir leyendoSayonara, cine
No hay género artístico más determinante en mi vida que el cine. Más incluso que la literatura o la música. Existen libros que me han marcado profundamente, por supuesto, y canciones que parecen haber sido compuestas para mí. Pero sólo el cine es capaz de añadir a esas experiencias un trasfondo emocional que raras veces he encontrado en otros lugares. Y, sobre todo, una obstinación, una profesión de fe que hace que cualquier instante del pasado tenga su referencia cinematográfica.
Seguir leyendoCivilización
Como todos los países, España alberga muchos pecados originales, pero, a diferencia de sus vecinos europeos, el del nacionalismo no está entre ellos. De hecho, casi siempre han pinchado en hueso los intentos de inocularle un veneno de esa índole; veneno que, cuando ha hecho efecto, nunca ha pasado del folklorismo decimonónico o de la retórica nacionalcatólica, tan infértiles ambos como la mayoría de los pedregales donde encalla la historia.
Seguir leyendoLa destrucción o el amor
Están casi todos. A la izquierda, vemos de pie a Miguel Hernández, seguido de Juan Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, José Fernández Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Leopoldo Panero. Sentados (de izquierda a derecha también) se encuentran Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. El del suelo es Gerardo Diego. La foto está tomada el 4 de mayo de 1935, en el Restaurante Buenos Aires de Madrid. Todos se han leído entre sí. Todos se admiran. Todos se envidian amigablemente. Los suponemos después de la comida. Sonríen relajados. Quizás alguien haya gastado alguna broma. Tal vez continúen con una conversación iniciada antes del posado. Se reúnen para homenajear a Aleixandre, Premio Nacional de Literatura por su libro La destrucción o el amor. Y es esto precisamente lo que otorga a la imagen una trágica ironía. Porque un año después de aquel amoroso ágape, algunos de ellos intentarán destruirse mutuamente.
Seguir leyendoAgentes del orden
Últimamente tenemos mala prensa los ordenados. Desde hace más de dos siglos, para ser más precisos. Hay que reconocer que el Romanticismo hizo un buen trabajo con la humanidad. Tanto que consiguió infiltrarse hasta en lo más recóndito del imaginario de la gente. El mito del espíritu atormentado que se enfrenta a la incomprensión de la masa llegó incluso al ámbito doméstico. No es de extrañar que ahora, en la época de ese epígono del héroe romántico que es el individuo narcisista, las personas ordenadas aparezcamos como las representantes de una suerte de tiranía llamada a uniformar las conciencias de los caóticos. A sacarlos de su singularidad irrepetible. A impedirles desarrollarse en libertad.
Seguir leyendoLa isla
Tengo una teoría: la lengua no la hacen los hablantes, sino que es la lengua la que hace a los hablantes. Esto concuerda con lo que Tolkien aseguraba que había sido su verdadero propósito al crear la Tierra Media: dar hablantes al quenya, el primer idioma élfico que había estado desarrollando desde su juventud. Mi teoría sigue el orden tolkiano, que es, en el fondo, el de todas las cosmogonías. Primero la palabra y después el mundo. Primero el «fiat lux!» originador de la luz. El sonido articulado en el verbo creador. La música de las esferas.
Seguir leyendoSer joven
Si tu hijo te dice que su vida es una mierda, no intentes convencerlo de lo contrario; cuanto más lo hagas, más fácil le resultará seguir compadeciéndose de sí mismo. Limítate a actuar indirectamente, como de soslayo. Es decir: asume con despreocupación que su vida es una mierda si quieres que algún día deje de pensar que lo es. Su lamentación no constituye una idea, sino el colofón que convierte la tristeza de ser joven en un hábito. No te preocupes, deja que hable. Estar triste le permitirá encontrar esos momentos de plenitud que únicamente le regalará la madurez.
Seguir leyendoCárceles obligatorias hasta los dieciocho años
La propuesta del PSOE no es nueva; ya amagó con ella hace unos años, cuando era ministro Ángel Gabilondo. Pero que no sea nueva no significa que deje de ser una pésima noticia. Y lo es esencialmente porque pone de manifiesto, no sólo la enorme distancia que existe entre la comunidad educativa y la clase política, sino la irreconciliable disparidad de intereses que guían a una y a otra. En los institutos se sabe que la mayoría de los casos de indisciplina se da entre chavales que tienen muy claro que no quieren seguir estudiando. De hecho, que cumplan los dieciséis años es algo que siempre acogen con alivio tanto los profesores que tienen la desgracia de darles clase como los alumnos que sí desean estudiar. Por ello, mantenerlos en una cárcel obligatoria dos años más únicamente puede empeorar una situación que, en algunos centros, es ya insostenible.
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