En el mundo literario es más útil conocer a las personas adecuadas que escribir un buen libro. Por eso hay escritores que, desde jovencitos, siempre procuran salir en la foto. Salir en la foto es un arte y un trabajo al mismo tiempo, es decir, debes tener desparpajo y don de gentes, pero también picar piedra como un condenado. De hecho, es de esto último de lo que depende que pases del subsuelo local al purgatorio regional, y de ahí, a sentarte en la mesa de los mayores. Así que, si eres uno de esos a los que les puede la hybris y esperan que su obra sea la que tenga la última palabra, este no es tu artículo.
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Somos muchos
Somos muchos, quizá demasiados. Levantas una piedra, fisgoneas en un perfil y acabas encontrándote con alguno de nosotros. Estamos por todas partes, e incluso hay quien piensa que no cabemos ni uno más. Por supuesto, no me refiero a los tontos (aunque los haya), sino a la gente que, de la noche a la mañana, se ha puesto a escribir. Porque es un hecho indiscutible que todo el mundo escribe últimamente, y, lo que es más indiscutible todavía, que una gran mayoría tiene su librito publicado. Confieso que, hasta hace poco, mi corporativismo me impedía admitir esta evidencia. Pero al final no he tenido más remedio que caer del caballo. En efecto, somos muchos, demasiados tal vez. El planeta literario está superpoblado y sus recursos son cada vez más pobres. Y esto es así porque cada libro que sale a la venta ocupa el doble de espacio: el suyo y el de un ego hipertrofiado esperando reconocimiento.
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Apenas promociono mis libros en las redes sociales, es algo que me supera. Y cuando lo hago, termino sintiendo una mezcla de pereza plebeya y pudor aristocrático. No puedo evitar inhibirme en cuanto me percato de que llevo hablando de algún libro mío demasiado tiempo. De hecho, la más insustancial palabra referida a él me incomoda, aunque haya sido una mención que sobrevuela de pasada. Siento el mismo decoro de las ocasiones en que me veo obligado a hablar de mí mismo. Quizá es que en el fondo considero que lo que escribo es una extensión de mi persona y por eso me cierro en banda, o también que, cuando me dirijo a gente que casi no conozco, de pronto mis habilidades sociales descienden al nivel de un cangrejo ermitaño.
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