La enfermedad de los ojos

La revelación sobreviene de pronto. Una voz que es la mía se apodera de mi pensamiento y hace algo extraño: describe el acto mismo de pensar. Como si la mente se contemplara en un espejo y fuera consciente de que es una mente consciente de que lo es. Consciente de la propia consciencia. Consciente de la propia consciencia de ser consciente. Es angustioso. Por ejemplo: estoy leyendo las primeras páginas de Las troyanas y, mientras tanto, no puedo evitar pensar que me encuentro en plena lectura, y que, quizá por ello, las palabras de Hécuba me suenan lejanas, como si viniesen amortiguadas por la distancia que impone pensar que estoy pensando en la lectura de sus palabras. Afortunadamente, esto dura poco. En apenas unos minutos, la mente regresa a la normalidad. Pero me quedo tan exhausto que, a partir de entonces, soy incapaz de concentrarme en cosa alguna. 

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Una vida interesante

Creo que para escribir algo interesante hay que haber tenido una vida interesante. Y creo también que esto es un axioma que trasciende la literatura y alcanza la creación artística en general. Aunque, cuidado: lo interesante de una vida no queda reducido a la acción o a la aventura, o al menos no solo. La vida viajera y azarosa de Cervantes tiene un indudable interés, por supuesto, pero también la grisura centroeuropea de la biografía de Kafka es igual de interesante. Porque la experiencia humana es exterior e interior al mismo tiempo, y, para que esta sea interesante, las personas han de dar un primer paso que siempre es el mismo: un salto consciente al vacío, una entrada en la oscuridad de las decisiones vitales (en el caso de los hombres de acción) y de las reflexiones íntimas (en el caso de los hombres que son más contemplativos) que hará que la vida se vuelva interesante.

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