Creo que para escribir algo interesante hay que haber tenido una vida interesante. Y creo también que esto es un axioma que trasciende la literatura y alcanza la creación artística en general. Aunque, cuidado: lo interesante de una vida no queda reducido a la acción o a la aventura, o al menos no solo. La vida viajera y azarosa de Cervantes tiene un indudable interés, por supuesto, pero también la grisura centroeuropea de la biografía de Kafka es igual de interesante. Porque la experiencia humana es exterior e interior al mismo tiempo, y, para que esta sea interesante, las personas han de dar un primer paso que siempre es el mismo: un salto consciente al vacío, una entrada en la oscuridad de las decisiones vitales (en el caso de los hombres de acción) y de las reflexiones íntimas (en el caso de los hombres que son más contemplativos) que hará que la vida se vuelva interesante.

Sin embargo, las vidas interesantes tienen el grandísimo problema de que no lo son por sí mismas, sino que siempre dependen de alguien que considera que lo son. En la inmensa mayoría de los casos, una vida interesante es una vida muy puta, donde el que la vive lo pasa francamente mal. De hecho, lo que hace interesante una biografía (y cualquier historia que se cuente) son los obstáculos a los que su protagonista debe enfrentarse. Así que el supuesto interés de una vida pasa casi siempre desapercibido ante quien la vive, y solo son los demás los que lo perciben. Una vida interesante tiene esa especie de inocencia que procura la ignorancia, es decir, su grado de interés es inversamente proporcional al grado de consciencia que se tenga. Algo parecido sucede con las personas atractivas, que lo son porque no saben que lo son.

Esmerarse por que la vida sea interesante termina provocando justo lo contrario. Cuanto más enseñamos a la gente lo que somos capaces de hacer o de pensar (y sirva este texto como ejemplo) para demostrar que nuestra vida merece la pena ser admirada, más la acercamos a la irrelevancia y la trivialidad. Por eso, la vanidad, la propaganda y el exhibicionismo son los grandes enemigos de las vidas interesantes. Y por eso, es muy posible que, en los tiempos de Facebook, Instagram y TikTok, ni Cervantes ni Kafka (y no digamos ya cualquier mortal) hubieran podido escribir nada interesante.

Imagen de Chema Madoz.

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