En 1925 una compañía cárnica, la Beech-Nut Packing Company, contrata a Edward L. Bernays, el padre de la publicidad y de las relaciones públicas, para que incremente las ventas de beicon. Bernays pregunta a cinco mil médicos qué es más aconsejable, un desayuno consistente o uno frugal. Los médicos se decantan mayoritariamente por la primera opción, así que el publicista filtra a los medios el resultado magnificando el dato menor de que algunos especialistas han recomendado el aporte de proteínas y grasas en forma de huevos y beicon. Los periódicos informan sobre el asunto como si hubiera sido fruto del análisis médico, y durante meses no se habla de otra cosa en la calle, en las tertulias y en las conferencias. De esta forma un solo señor, Edward L. Bernays, movido por los intereses particulares de un cliente, no solo cambia los hábitos alimenticios de toda una nación, sino que es capaz de influir en el consenso científico.

Los mecanismos de filtración, utilizados al principio en la publicidad de bienes de consumo, y después en la política, las disciplinas académicas y la cultura en general, podrían resumirse en lo que el mismo Bernays llama ingeniería del consensoEl consenso es el conjunto de nociones, ideas, dogmas y doctrinas que han llegado a ser hegemónicas no por convención social, sino por intereses específicos de grupos de presión o por influencias culturales adaptadas a diversos ámbitos a la vez. Como su origen es particular y sus objetivos universales, invierte el proceso mediante el cual la sociedad creaba normas de hábito destinadas a los individuos que la componían. Es decir, con la ingeniería del consenso son las minorías las que configuran el gran teatro del mundo e instauran modelos de comportamiento.

Qué perdidos andaríamos si, en una época de sobreinformación como la nuestra, tuviéramos que analizar cada uno de los acontecimientos que llegan en forma de noticia y ocupáramos nuestro precioso tiempo en crearnos un criterio propio. El consenso es un colchón demasiado confortable como para prescindir de él. Es mucho más fácil opinar de casi todo como si realmente entendiéramos lo que decimos, explicar el mundo con ese desayuno de los campeones que los innumerables filtradores de la realidad están cocinando especialmente para nosotros.

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