Antes de empezar, sé lo que va a ocurrir. La mayoría atenderá desde la primera sílaba que salga de mis labios, y, dos segundos después, los tendré a todos, incluido el que nunca escucha, completamente en silencio. Los años me han enseñado a modular la voz, a dar la intensidad justa a cada acento, a cada rima. Sé cuándo debo detenerme. Sé, por ejemplo, cómo no caer en el abismo de uno de los encabalgamientos más peligrosos de la literatura. Leo Lo fatal, el soneto de Rubén Darío, pero podría estar leyendo otro poema; los oyentes son estudiantes de segundo de ESO, pero lo mismo daría si fueran de primaria o de bachillerato. Si me esfuerzo, el efecto sería el mismo. Muchos no entenderían nada, como ahora. Algunos se extrañarían levemente (siempre reaccionan igual) con ese «ser» del cuarto verso («pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»). Y otros, los menos, descubrirían algo que no esperaban y que, sin saber de qué se trata, se quedará con ellos de por vida.
No hay mentes, por empecinadas que estas sean, que no sean conquistadas por un texto bien leído en voz alta. Nada existe en la literatura que pueda compararse a los efectos que produce la música convenientemente modulada de la prosodia. Incluso yo, que sé de memoria el soneto de Darío, me emociono más cuando lo declamo. Estamos mejor preparados para la escucha que para el monólogo interior de la lectura. Somos seres orales. En el reloj de la historia, empezamos a leer esta mañana, y sólo hace cinco minutos que lo hacemos en silencio. Tanto es así que, todavía en el siglo IV, a San Agustín le causaba honda impresión ver a su maestro San Ambrosio recorriendo las páginas con los ojos mientras «su corazón penetraba el sentido, mas su voz y su lengua descansaban».
La oralidad es contumaz y se niega a desaparecer. El mago sigue necesitando pronunciar su abracadabra y el político su proclama mentirosa. Por eso, la radio resiste inalterable al progreso tecnológico y la música siempre será el mejor canal para la poesía. El mismo poder conservan hoy las aladas palabras que cuando la escritura no se había inventado. Quizá porque sólo a través de la vibración de los cuerpos que deviene sonido es como la literatura entra en el mundo de lo físico para hacerse material. Material y bella.