En mi historia, Manuel Machado y su esposa viajan a Colliure el 6 de marzo de 1939, donde Antonio Machado ha muerto doce días antes. Durante el trayecto, acuciado por los recuerdos, el poeta escribe un verso en su libreta, el primero que, tras años de propaganda bélica, quizá esté alentado por una auténtica inspiración poética. Un día después, el matrimonio llega a su destino, y allí se entera de que doña Ana, la madre, también acaba de morir. 

En mi historia, Manuel acude al cementerio y se queda varias horas frente a las dos tumbas. Si estoy atento, puedo oírlo hablar con su difunto hermano. No se trata de un recurso dramático; estoy convencido de que ocurre así. Manuel y Antonio han sido uña y carne, una sola mente que escribe obras de teatro, una misma alma que queda demediada (en Burgos y en Madrid) desde mucho antes de mi historia.

Pero en mi historia de repente aparece José Machado, que ha estado con Antonio hasta el final. Desde que Manuel ha llegado a Colliure, apenas ha cruzado una palabra con él. Supongo que José no le perdona sus loas a Franco. Supongo que Manuel, aunque sabe que cualquiera habría hecho lo mismo para salvar la vida, se siente culpable. José ha ido al cementerio para comunicarle que Antonio se fue como vaticinó en uno de sus poemas, pero que, de haber dejado algo de valor, habría sido enterrado con él. Pretende que esto último suene a reproche, pero Manuel no parece darse cuenta.

Y es entonces cuando, en mi historia, ocurre algo inesperado. José, incómodo por lo que acaba de decir, añade que ha encontrado un trozo de papel en el abrigo de Antonio. Lo saca de su bolsillo y se lo da. Mientras Manuel lo desdobla, José le explica que se trata del principio de un poema. «Estos días azules y este sol de la infancia», recita. Y Manuel, que lo acaba de leer, por un momento cree que se le para el corazón.

En mi historia, aquel verso es el mismo que Manuel ha escrito en el viaje hacia Colliure. En mi historia, esta improbable coincidencia reúne de nuevo a los hermanos Machado, pero también a todos los que se enfrentaron en aquella guerra ignominiosa. En mi historia, se sella este reencuentro entre ambos de tal modo que nadie, en el futuro, pueda volver a separarlos.

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