El primero en equiparar los tres actos de una obra a las edades del hombre es Francisco Bances Candamo. «La comedia (escribe en su Teatro de los teatros) es un cuerpo que consta de tres partes, que son principio, medio y fin; o, por mejor decir, infancia, juventud y vejez; porque en la primera jornada se nace la acción, en la segunda crece y en la tercera muere». Me acuerdo del símil ahora, recién cumplido el medio siglo, y pienso que este cuerpo, el mío, está ya en pleno segundo acto y que no puede escapar a los mecanismos que toda obra teatral establece.
Situado entre la juventud y la vejez, el segundo acto parece no tener más esencia que la de ser una transición, un lugar de paso donde ya no se siente que el tiempo es eterno, pero tampoco se divisa el final del camino. El segundo acto siempre está en medio porque aparentemente no destaca entre las vigorosas cumbres del primero y el profundo valle del tercero. Llegamos en su día a él desconocidos aún por el gran público y con las puertas de la acción aún abiertas. Y ahora, en la antesala del último, nos damos cuenta de que todo está planteado, que el público sabe de sobra en quiénes nos hemos convertido.
Y, sin embargo, como si no hubiera aprendido nada, con los mismos titubeos del principio, vuelvo a preguntarme por enésima vez cuánto me queda de guion. Y si tendré fuerzas aún para liderar una rebelión en Polonia contra el rey Basilio, mi padre. Si me apetecerá siquiera plantearme dejarlo todo y recorrer el mundo con Paula y la extravagante troupe del Ballet de Buby Barton. En definitiva: si seré capaz de desencadenar la vida todavía o si me dejaré ganar por esa resignada inmovilidad de quien da toda la acción por terminada.
En uno de los ensayos de Los tres usos del cuchillo, David Mamet recuerda un chiste que, allá por los locos años veinte, se solía contar en la Rose Room del mítico Hotel Algonquin. Un hombre le dice al otro: ¿cómo llevas la obra de teatro?, y este responde: tengo problemas con el segundo acto. Era entonces cuando Harpo Marx, Dorothy Parker, Marc Connelly o Robert E. Sherwood, tertulianos habituales de las reuniones de la Tabla Redonda, reían y soltaban aquello de: «claro, quién no tiene problemas con el segundo acto».
Imagen: The Algonquin Round Table. Al Hirschfeld.