En ocasiones, sin que lo sospechemos, el mundo entra en la literatura a través de la lectura para ponerle un decorado. Los primeros en percatarse fueron los románticos del Grand Tour. Goethe lee a los clásicos en su viaje por Italia y siente que los textos, que en la neblinosa Weimar eran espíritu y pensamiento, «se convierten en objeto, en cuerpo» entre las ruinas de Roma. No se puede describir mejor esta influencia: en el momento en que el exterior se infiltra en la lectura, esta se cosifica, adquiere una forma y un volumen casi tangibles.
Algo parecido cuenta Yukio Mishima dos siglos después, cuando, al leer a los antiguos bajo el sol de Grecia, no sólo experimenta la misma sensación que el alemán (infiriendo, por cierto, el corolario nada romántico de que lo interior es un «refugio sombrío donde los intelectuales esconden su debilidad»), sino que tiene una epifanía que será fundamental en años y obras posteriores: «la profundidad (escribe en Sol y acero) puede residir en la superficie, en la piel, en el músculo y en la forma exterior bañada por la luz».
Cualquiera que recuerde el decorado que afectó a la lectura de alguno de sus libros predilectos sabrá de qué hablaban Goethe y Mishima. En mi caso, el momento revelador fue el de la Odisea. La terminé de leer en la playa, durante unas vacaciones de Semana Santa de finales del siglo pasado. Me levantaba temprano, contemplaba las luces del alba, escuchaba las olas a lo lejos, me recreaba con el olor salobre del aire y luego empezaba a leer excitado por la mezcla de todos esos estímulos a la vez. Aquellos instantes, aquel exterior de playa desierta y primavera en ciernes se inmiscuyeron de tal modo que, desde entonces, para mí, en Homero siempre está amaneciendo y huele a mar.
Creo que el prejuicio de la intimidad (paradójicamente, un prejuicio romántico también; el Romanticismo sigue estando en todas partes) hace difícil que concibamos que esta no siempre es interior, sino que muestra una naturaleza mestiza que la lleva a depender de lo que hay fuera. Las condiciones «atmosféricas» pueden ser tan determinantes como el estado del alma. Es en la lectura, acto íntimo por antonomasia, donde mejor se observa cuán superficiales son a veces nuestras profundidades. El mundo entero cabe en la lectura de un libro. ¿Es consciente el escritor de la responsabilidad que tiene?