Siempre me ha gustado pensar que el idioma español respira en octosílabos. La prosopopeya no es mía, sino de Tomás Navarro Tomás. Según él, el grupo fónico medio del español (la parte de discurso que un hablante pronuncia de corrido entre dos pausas respiratorias) está compuesto por ocho sílabas, la cantidad de aire que los pulmones expulsan en condiciones normales antes de que se necesite inspirar de nuevo. El verso por excelencia de nuestra literatura respondería así a una necesidad fisiológica que lo convertiría en algo que supera los límites de lo literario.

Sé que existen otras hipótesis que intentan explicar el origen del octosílabo, pero ninguna ha excitado tanto mi imaginación. Sé, por ejemplo, que hay quienes lo ven nacer del dímetro yámbico, un verso habitual en el latín tardío. O de los hemistiquios de los hexámetros que los juglares, a petición de su auditorio, separarían de los cantares de gesta. Sin embargo, yo prefiero pensar que el ritmo del octosílabo es la esencia misma del español. El soplo que ordena su sintaxis y alienta su prosodia. Lo cual explicaría por qué ha sido un verso tan persistente.

A diferencia del ottonario de las baladas italianas o de los octosílabos de los romans franceses, las fisiológicas ocho sílabas castellanas jamás quisieron someterse a la postergación cultural que el dolce stil nuovo y la Pléyade impusieron respectivamente. Para dar lustre al idioma, la literatura hispánica nunca despreció la métrica popular. Por eso, nada hay semejante en Europa al Cancionero de romances que Martín Nucio publica en torno a 1547, o a las recopilaciones donde aparecen impresas las formas métricas tradicionales de la lírica castellana. Ni siquiera Góngora, que llenó la poesía de cultismos, dejó de utilizar las letrillas y los romances.

Para mí, que el principal verso de la literatura hispánica sea una creación colectiva y anónima dice mucho de la lengua que lo ampara. Por ejemplo, que, a diferencia de lo que hicieron Dante con el endecasílabo y Ronsard con el alejandrino (auténticos productos de laboratorio), los autores españoles no necesitaron inventar una métrica nueva que los distanciara de la plebe. Al contrario, la naturalidad de unas redondillas les sirvió para acercar ingeniosos conceptos de amor al público que abarrotaba los corrales de comedias, y la humildad de una décima para que este se plantease la inquietante posibilidad de que su vida no fuera nada más que un sueño.

Deja un comentario