La sala está llena de personas. Muchas más que en las adyacentes, aunque en esas también haya cuadros de Van Gogh. No sé si la propia memoria ha exagerado la anécdota, pero yo la recuerdo así: al entrar, busco con la mirada la Noche estrellada sobre el Ródano, y, cuando la encuentro, de pronto me doy cuenta de que la gente que abarrota la sala se dirige hacia mí. Aún tardo unos segundos en entender lo que ocurre. Todos dan la espalda al cuadro, pero no me miran. Miran las pantallas de sus móviles. Posan. Sonríen. Resulta obvio que se están haciendo un selfi.
Entonces me pregunto: ¿será la primera vez que, como yo, están aquí? Sé la respuesta de antemano; un selfi es lo habitual durante la visita a un lugar célebre donde no se ha estado nunca. Sin embargo, el mero hecho de formularla me hace ser consciente de lo obvio de la escena: una de las obras más importantes del postimpresionismo acaba de convertirse en el simple fondo de un primerísimo plano. El protagonista ya no es el cuadro o Van Gogh o el Orsay. Ni siquiera París. El protagonista es el que realiza la foto. Una foto de sí mismo, por supuesto. Sin otro marco. Sin otro propósito. Sin otra mirada.
La mirada que fotografía la mirada. O mejor: el retrato de la mirada de quien retrata la mirada. Mientras las personas que llenan la sala del museo se hacen selfis delante de la pintura, se pone en marcha la secreta maquinaria que emborrona el mundo, que, sin hacerlo desaparecer, lo atenúa con el filtro de la autorreferencia. Está claro: la realidad es el rostro que aparece acaparando la foto, y el selfi, su constatación. Por eso, en todas las fotografías que se hacen debe salir esa imagen del yo. Porque yo soy lo único que existe.
La anécdota del Orsay siempre me hace pensar en la conocida cita de Viktor Frankl: «¿Cuándo ve el ojo algo de sí mismo? Únicamente cuando está enfermo». La función natural del ojo es mirar hacia fuera, percibir el entorno, integrarse en un contexto en el que hay también otras miradas, otros ojos. El ojo no puede verse a sí mismo, pero sí tener conciencia de su propia existencia. Y eso sólo ocurre cuando algo (un glaucoma, unas cataratas) lo hace fallar.
La analogía es perfecta. Perfecta e inquietante.
Imagen: Noche estrellada sobre el Ródano, Vincent van Gogh.