Últimamente, una extraña pereza se adueña de mí cuando me dispongo a poner algo por escrito. Extraña porque nunca había sentido que la pereza pudiera ser tan gozosa. Antes, no escribir me sumía en una suerte de atonía melancólica que me llenaba de impaciencia. Ahora, sin embargo, pensar en hacerlo me produce un íntimo rechazo del que no soy capaz de sobreponerme. Por vez primera, creo que el acto de escribir ha perdido toda trascendencia, que, cuando no es una señal de vanidad, no busca nada más allá del propio ensimismamiento. Y por si fuera poco, veo en esa vacuidad un estorbo que me impide centrarme en las cosas del mundo, en cocinar, en leer, en viajar, en hablar con los amigos, en hacer el amor. Es decir, por primera vez, siento que la escritura me quita tiempo para la vida.
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Jose
Si uno es lo que recuerda, si al final resulta que no cabe otra identidad que no sea la propia memoria, puedo decir, un poco a la manera de Flaubert, que Jose soy yo, que forma parte de mí y que, cuando murió, se llevó un trozo de lo que ha sido la historia de mi vida. Pienso en el hipotético caso de que nuestros destinos nunca se hubieran cruzado y me doy cuenta de que yo sería alguien distinto, un hombre muchísimo peor, menos afortunado, bastante menos sabio tal vez. En una vida sin Jose, no habría descubierto los senderos que llevan a la belleza del mundo. En ese universo donde no llego a conocerlo, mis oídos estarían sordos y mi corazón tan frío como la muerte que me lo ha quitado. Porque yo no habría escrito aquellos primeros versos que, en el verano del 93, prepararon el terreno para la poesía que aún (cada vez con más dificultad) albergo dentro de mí. Ese ritmo oculto de las cosas sin nombre que él, sin saberlo, me descubrió tan generosamente.
Seguir leyendoRegeneracionistas
No existe nada más español que querer regenerar España a cada instante. Es el hecho diferencial de una nación que tan sólo entra en la modernidad cuando, gracias a la labor de zapa afrancesada, asume el rechazo de lo que es para querer ser otra cosa y terminar haciendo tabula rasa. A partir de entonces, este desiderátum perpetuo será la secreta consigna que los intelectuales patrios irán heredando, independientemente de su adscripción ideológica. Del liberalismo negrolegendario de Blanco White, al pesimismo conservador de Larra; de aquella «España que alborea» machadiana, a la que «empieza a amanecer» de José Antonio; de la cruzada nacional de Franco a esa España del PSOE que no va a reconocer «ni la madre que la parió». Y de ahí, a las plazas del 15-M, a la nueva normalidad postcovid, al «tiempo nuevo de convivencia y prosperidad» que nos ha de procurar la ley de amnistía.
Seguir leyendoEl relato
Hay algo en la narración que subyuga la mente de quien la escucha, un poder que hace que el mensaje llegue al receptor abarcando al mismo tiempo la razón y las emociones. Las buenas historias nos atrapan al instante, así que el arte de contarlas siempre ha tenido como objetivo influir en nuestra voluntad. Lo saben los chamanes neolíticos, los evangelizadores de toda laya y los amados líderes que protagonizan las grandes revoluciones. Los ingleses llaman hoy a esto «storytelling», y nosotros, siempre a rebufo del imperio anglosajón a pesar de que poseemos un idioma mucho más rico, lo hemos traducido, ay, como «relato».
Seguir leyendoPersona y personaje
«He llegado al límite de la contradicción entre persona y personaje»
Íñigo Errejón
El distingo es tan semántico como metafísico. En su origen, «persona» (del latín «persona», y esta del griego «prósopon») es la máscara teatral que oculta al personaje. La máscara de Edipo, a través de la abertura de la boca, amplifica el sonido y hace que sus palabras lleguen hasta las últimas gradas del teatro. El espectador griego nunca verá a Edipo, sino la imagen de su máscara. Todos los Edipos de todos los teatros de la Hélade tienen los mismos rasgos y, por tanto, son la misma persona. Sin embargo, el personaje, siempre escondido, son muchos personajes a la vez, tantos como consigue dibujar la imaginación del público. A partir de entonces todo estará al revés durante siglos: la persona será la ficción; el personaje, la realidad que esta ha velado.
Seguir leyendoLa amenaza de la historia
Podemos estar tranquilos. El enfrentamiento social no ha llegado todavía. El verbo despreciativo y violento no ha salido del Congreso de los Diputados ni de las redes sociales. No ha ensuciado el vituperio la tienda de barrio. Se mantiene limpia de odio la atmósfera de las ciudades. Los compañeros de trabajo no se insultan ni los matrimonios se querellan. El ruido y la propaganda de los medios de comunicación no han acabado con la silenciosa rutina de la gente. El mundo de allá no ha contaminado la vida de acá. Por ahora seguimos a salvo. La historia no ha invadido nuestra intrahistoria.
Seguir leyendoLo que los vivos dicen de los muertos
Nunca nadie es el objeto de tantos pensamientos a la vez como cuando muere. Nunca se indaga, se escarba tan profunda y obsesivamente en las escenas compartidas de una vida como cuando esa vida ya se ha acabado. Nunca tantas conexiones cerebrales dedican conjuntamente tanta energía por una persona como cuando esta pasa a ser un recuerdo. Incluso el que no conoció al difunto íntimamente hace el esfuerzo (gesto universal donde los haya) de recuperarlo del olvido en cuanto conoce la noticia. La memoria es la antesala de una pequeña concordia humana formada de repente por las sinapsis de múltiples cabezas enfocadas en una misma evocación. Es como si, en el fondo, sólo pudiéramos existir para los demás una vez muertos. Como si nuestra ausencia del mundo fuese la única garantía que tenemos de seguir estando presentes.
Seguir leyendoTerroni
Los españoles que visitan el sur de Italia creen que se trata de una zona atrasada y bárbara. Como su actitud no es la del turista septentrional, siempre predispuesto, desde los tiempos del Grand Tour, a descubrir el folclore de las culturas que cree inferiores, les cuesta ver con agrado sus ciudades desastradas y sucias. Piensan que los italianos meridionales (terroni los llaman despectivamente sus compatriotas) se han quedado anclados en una especie de incivilidad atávica, mientras que ellos han sabido aprovechar las oportunidades que les ha brindado el progreso. Movidos por la consabida insolidaridad de clase, esta es la impresión que tienen, sobre todo, los que provienen de regiones que comparten una tradición reciente de subdesarrollo. En qué se parecerán, piensan, el aseado orden de nuestra Sevilla y el caos imposible de su Palermo. ¡Ni punto de comparación!
Seguir leyendoSer y estar
Si ya suena raro «estar» feliz, más raro sonaría «ser» contento. Esto ocurre porque se concibe «ser feliz» como una permanencia, y «estar contento» depende simplemente del instante. Y también porque el que está contento se ha puesto sin quererlo, y quien se cree feliz se lo propone previamente. La mala fama de estar contento viene de ese «estar» que lo acompaña. «Estar» suele considerarse como una sombra de «ser». Creemos que, como estar contento depende de la ocasión, es inferior a ser feliz. Pero nos equivocamos. Para estar contento basta con vivir; la felicidad, en cambio, hay que buscarla porque jamás se encuentra entre nosotros. Y es precisamente de esa búsqueda de donde salen los dogmas actuales acerca de ella, y, sobre todo, las vidas destinadas a frustrarse por no alcanzarla nunca.
Seguir leyendoLas arenas de Tatooine
Lo único que me gusta de la última trilogía de Star Wars son los minutos iniciales de la primera película, cuando se suceden los planos del desértico Tatooine, de cuyas dunas emergen los restos de un destructor imperial. Me recuerdan a los grabados de Piranesi, donde los vestigios de la Antigüedad aparecen invadidos por el tiempo y la maleza. Si preguntáramos por el origen de esas ruinas a los extraños seres que sobreviven desguazando naves estelares de épocas heroicas o a cualquiera de los pastores piranesianos que llevan su rebaño a la sombra de algún acueducto romano semiderruido, no sabrían qué responder, enmudecidos por la intuición de una presencia desmesurada e inevitable que los supera.
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