Peces españoles

La sensación es extraña. Un médico español, Francisco Javier Balmis, realiza la primera campaña internacional de vacunación de la historia de la humanidad, y ninguno de tus libros de texto del instituto lo nombra. El corpus legal que se inicia con el testamento de Isabel la Católica,y culmina en las Leyes de Indias de 1680, anticipa lo que dos siglos más tarde se conocerá como derechos humanos, pero ninguno de tus profesores te lo ha contado jamás. El real de a ocho castellano, de curso legal en EE.UU. nada menos que hasta 1857, es la primera moneda global, y tú has tenido que enterarte por tu cuenta, y además vía Internet. 

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Asalto al cielo

Antes del asalto, el cielo pertenecía a un dios bastante extraño. Era el dios de los católicos, llevado por los españoles a todos los rincones del planeta. Allí se mezcló con espíritus telúricos y diosas emplumadas. El número de santos y de vírgenes creció en apenas unas décadas, y, con ellos, los días en que se les veneraba. Hasta el siglo XVIII, en la Monarquía Hispánica había una media de noventa festividades al año. Tres meses de banquetes multitudinarios, de corridas de toros, de fuegos artificiales. Para la universalidad de su mensaje, el catolicismo se hizo sincrético. Y este sincretismo lo transformó en una religión de la conmemoración y de la fiesta. 

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Civilización

Como todos los países, España alberga muchos pecados originales, pero, a diferencia de sus vecinos europeos, el del nacionalismo no está entre ellos. De hecho, casi siempre han pinchado en hueso los intentos de inocularle un veneno de esa índole; veneno que, cuando ha hecho efecto, nunca ha pasado del folklorismo decimonónico o de la retórica nacionalcatólica, tan infértiles ambos como la mayoría de los pedregales donde encalla la historia. 

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Pausa hispánica

La relación de lo sucedido en los festejos no escatima detalles. Se celebra el nombramiento de don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, como nuevo virrey del Perú, y las autoridades deciden organizar unas justas en su honor. Desfilan siete carros muy bien engalanados, llevando todos ellos un cortejo donde no faltan la música de atabales y chirimías ni los colores encendidos de los ropajes tradicionales de la zona. Vemos en la parada al fornido Bradaleón, al dios Baco, a la Ira, a la Pobreza, al Demonio, a la Blasfemia, al Caballero Antártico vestido de Inca, al Dudado Furibundo, al Caballero Venturoso y al Caballero de la Selva. Hasta aquí, nada extraño. Pero entonces alguien aparece: 

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24 del 2 del 22

No sé si se trata de un privilegio o no, pero lo cierto es que nos ha tocado vivir una de esas extrañas épocas en las que el orden que hasta hace poco creíamos inmutable se viene inevitablemente abajo. El «siglo americano» llega a su fin sin que hayan pasado cien años siquiera. No ha sabido gestionar EE.UU. la posición de preeminencia que ganó con la desintegración del mundo comunista. El gen depredador que anida en toda nación protestante lo ha hecho cometer demasiados errores. Sobre todo en el Heartland asiático, especie de obsesión que, desde su intervención en Irak, ha terminado convirtiendo en un avispero imposible.

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