No sé si se trata de un privilegio o no, pero lo cierto es que nos ha tocado vivir una de esas extrañas épocas en las que el orden que hasta hace poco creíamos inmutable se viene inevitablemente abajo. El «siglo americano» llega a su fin sin que hayan pasado cien años siquiera. No ha sabido gestionar EE.UU. la posición de preeminencia que ganó con la desintegración del mundo comunista. El gen depredador que anida en toda nación protestante lo ha hecho cometer demasiados errores. Sobre todo en el Heartland asiático, especie de obsesión que, desde su intervención en Irak, ha terminado convirtiendo en un avispero imposible.

América sucumbe y emerge China, que, como Roma y España en su momento, ha comprendido que hay que construir calzadas que conecten los cuatro puntos cardinales. En vez de desestabilizar países o derrocar gobiernos, los chinos proyectan la nueva ruta de la seda y abren puertos comerciales en todo el mundo. En vez de hacer enemigos, han estrechado lazos con numerosos países de África y América del Sur. EE.UU. sigue creyendo que lo más importante es Eurasia, cuando en realidad lo primordial es el mundo entero. Los imperios moribundos están tan ciegos que no se dan cuenta de que la vida puede progresar sin ellos perfectamente.

Por su errática política exterior, el americano será uno de los imperios más breves que se recuerdan. Y quizás también el primer imperio nihilista de la historia, porque, con tal de no asumir que su tiempo ha concluido, no le está importando llevar a sus aliados al borde de la nada. Por eso, inmerso en una loca huida hacia delante, promueve sin pudor una nueva escalada armamentística que no augura nada bueno para Europa. Es tanta su torpeza que ni siquiera las sanciones a Rusia están teniendo el efecto que esperaba, pues, mientras el viejo occidente agoniza bajo el peso de una inflación devastadora, Vladimir Putin vende su petróleo a China un 30% más barato.

Uno nunca sabe cuándo empieza un imperio, pero sí cuándo termina. Los finales tienen fecha y apellidos. Lo sabía el constantinopolitano que el 29 de mayo de 1453 asistió a la invasión de su ciudad. Y el madrileño que leyó el periódico un 10 de diciembre de 1898. Y usted también, que el 24 de febrero de 2022 vio en televisión cómo las tropas rusas entraban en la pobre Ucrania.

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